Mostrando entradas con la etiqueta castigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta castigos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de diciembre de 2012

LOS REYES MAGOS




 
Todos los años por estas fechas suelo escuchar con mucha frecuencia frases cuasi apocalípticas proferidas por padres, abuelos, profesores y adultos varios en los que, ante un mal comportamiento de los niños, se les advierte de que se van a quedar “sin Reyes”. Suelen ser comentarios de este tipo:

  • Como sigas así, no te van a echar nada los Reyes.
  • ¡¡Uy!! Como se enteren los Reyes de que te metes el dedo en la nariz no te traen nada.
  • Otro numerito como éste y te va a traer regalos quien yo te diga.
  • Los Reyes lo ven todo y saben que te estás portando mal y te van a traer carbón.
  • …

Digo yo...  Como adultos que somos, ¿no podemos recurrir a otra estrategia para manejar las relaciones con nuestros hijos? Porque, por una parte, ¿de verdad que, por mucha rabieta o mucho dedo en la nariz, no les van a traer nada los Reyes? Y por otra, ¿cómo nos sentiríamos nosotros si nos dijera nuestro jefe “como se entere el Director General, este año se queda Vd. sin vacaciones”? Lo sentiríamos arbitrario, injusto e injustificado y en cualquier caso, pensaríamos que ante diferencias de opinión respecto a nuestro trabajo siempre puede haber otro tipo de medidas a tomar.

Nuestros hijos se pasan meses esperando que vengan los Reyes... Son niños, nosotros les hemos introducido en el mundo mágico de sus majestades de Oriente sin que ellos lo pidieran y resulta injusto que, ante comportamientos propios de su edad, decidamos amenazarles con algo tan importante para ellos y a lo que, en cierto sentido, tienen derecho como niños que son. Creo que existen otras maneras de guiar el comportamiento de nuestros hijos más allá de recurrir a una amenaza tan fácil e irreal como que los Reyes no le van a traer regalos.

Si queremos que maduren, seamos nosotros mismos maduros.  Comportémonos como adultos permitiendo que ellos sigan siendo niños.


Nota: Por cierto que, ahora que van a venir los Reyes, me permito recomendaros el proyecto de Yolanda quien, con su buen hacer, os podrá ayudar con todo aquello que necesitéis para vuestro bebé. A ella, así como a Olga, Verónica, Jessica, Claudelys y las demás mamás de las clases de Estimulación, les debo un enorme Gracias por el detallazo que han tenido conmigo.


domingo, 25 de noviembre de 2012

NIÑOS QUE NO APRENDEN



Una consulta muy habitual -y mucho entre familias adoptivas- es que los niños no aprenden de las consecuencias o de los castigos.  Los papás suelen manifestar cosas como ésta:
   
–        Le castigamos y no sabe por qué
–        Por mucho que nos enfademos, parece que no nos toma en serio
–        Sabe cuáles son las consecuencias porque se lo hemos repetido mil veces, pero parece que se le olvida
–        No aprende de los castigos ni de las consecuencias
–        Parece que quiere que le castiguemos, porque una y otra vez hace lo mismo
–        Vive en el aquí y ahora, no hay ni pasado ni futuro
–        Es incapaz de darse cuenta de que si hace tal o cual cosa, va a haber consecuencias
–        Ya no se acuerda de lo que pasó ayer, ni de lo que hizo ni de que estuvo castigada
–        No se sabe poner en el lugar del otro ni ver por qué a su hermano le molesta que haga eso

Junto con eso suelen presentarse dificultades emocionales y a veces cognitivas.  Son niños que parecen no responder a las habituales pautas de modificación de conducta (refuerzos, consecuencias) y se les califica de desafiantes, desobedientes, retadores.  Niños que, cuando se sienten amenazados, estallan de ira o bien se quedan congelados o bien se desmoronan y se vienen abajo.  En cualquier caso los padres se encuentran desconcertados y no saben -y es comprensible- cómo manejar la situación.

Normalmente, ante un niño que presenta estos rasgos y más cuando detrás hay una familia que se ocupa y se preocupa del crío, de querer ayudar y no sólo de querer adiestrar, nos encontramos con algún tipo de inmadurez en su sistema nervioso que no permite que el niño se regule de otra manera.  Me explico:

Ya hemos hablado alguna vez de que nuestro cerebro tiene tres pisos.  El de más abajo, el tronco del encéfalo, lo compartimos con los reptiles.  El del medio, el sistema límbico, con los mamíferos.  El de más arriba, el córtex, es el propio de los homínidos.  Toda la maduración neurológica tiene que darse de abajo arriba; sin embargo, cuando en los pisos de abajo hay lagunas, los síntomas siempre los vamos a ver arriba, en forma de dificultades de aprendizaje o de comportamiento. 

A menos que tengamos una gran madurez, en situaciones de estrés siempre van a tomar el control del cerebro los pisos de abajo y a responder conforme a su programa propio.  Cuando un niño se siente inseguro o amenazado (sea de la manera que sea), la parte de su cerebro que normalmente va a tomar el mando de la situación es el tronco del encéfalo.  Este tronco del encéfalo dirige respuestas automáticas (los reflejos primarios, por ejemplo) como mecanismo de supervivencia; hemos dicho anteriormente que es un nivel compartido con los reptiles (también se le conoce como cerebro reptiliano) y los reptiles ni sienten ni aprenden; ni tienen capacidad emocional -por ejemplo, no cuidan a sus crías, incluso a veces se las comen- ni estructura que permita un almacenamiento en la memoria ni un aprendizaje -el hipocampo, sede de la memoria, se encuentra en el segundo piso-.  Los reptiles viven en el aquí y el ahora: ni el pasado ni el futuro existen, sólo existe el presente y la pura supervivencia.  Los reptiles funcionan a base de estímulo-respuesta de manera inmediata y automática, sin archivar en su memoria aprendizaje de ningún tipo, sin conectarlo con lo emocional, sin asociar acción y consecuencias, sin capacidad para anticiparse y prever el enojo de los padres o el castigo. 

Por lo tanto, en situaciones de estrés no hay aprendizaje, sólo supervivencia.  Por eso hay niños que cuando se descontrolan son incapaces de recordar que tal o cual conducta conlleva unas consecuencias, que ayer estuvieron castigados o que el castigo de ahora obedece a algo que han hecho.  Y por lo mismo, cuando se les regaña o castiga no entienden el porqué ni son capaces de incorporarlo como un aprendizaje que les permita mejorar su conducta.

La solución no es fácil pero pasaría primero, por entender por qué los niños se comportan como lo hacen (no es por maldad, es porque no pueden hacer otra cosa); segundo, por reducir al mínimo todos los factores que puedan causar estrés -incluidos gritos, amenazas, castigos, comparaciones, reproches etc.- y aumentar los que generan seguridad, afecto y contención –mucha presencia de los padres, juegos compartidos, contacto físico, más casa y menos extraescolares etc.- y tercero, en el caso de que veamos que aún así los niños no evolucionan como se espera, contemplar la posibilidad de realizar un programa estimulación que permita madurar ciertas áreas cerebrales de abajo arriba para que el niño no esté a merced de respuestas que no puede controlar sino que cada vez sea más capaz de regularse por sí mismo.


martes, 9 de agosto de 2011

AUTORIDAD, AMENAZAS Y COHERENCIA

Hace unos días tuve ocasión de presenciar el siguiente diálogo entre una madre y su hija de seis años. La mamá quería que la niña se bajase de un columpio y la niña no quería hacerlo:

-  Que te bajes, te digo.
-  No quiero.
-  Llevas ahí desde que hemos llegado, y ya está bien.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque lo digo yo.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque soy tu madre y me tienes que respetar.
-  Eres mi madre pero no te voy a respetar.
-  ¿¿??
-  No te voy a respetar, porque me mientes.
-  ¡¿Que yo te miento?!
-  Sí, porque me dices que me vas a hacer cosas que luego nunca haces...


Ahí es nada. Se puede decir más alto pero no más claro. Veinte manuales de educación no lo podrían haber explicado mejor y en menos palabras. Ahondando en la relación, resulta que la madre recurre frecuentemente a amenazar a la niña para que obedezca y las amenazas nunca se cumplen. Por eso, la niña dice que la madre “miente”. Y por eso, la madre, pierde credibilidad y autoridad frente a su hija.

La amenaza es un recurso al que los padres recurrimos antes o después cuando queremos conseguir la obediencia de nuestros hijos y no se nos ocurre otra estrategia más eficaz. Además, a medida que vemos que no va a surtir efecto, engordamos la amenaza hasta llegar a decir cosas que estamos totalmente seguros de que no vamos a llevar a cabo. Valgan los siguientes como ejemplos (seguro que a vosotros se os ocurren muchos más):

  • “Como sigas así no volvemos nunca más a casa de los abuelitos”(?)
  • “Si no te montas ahora mismo en la bici, se la regalo al primer niño que me encuentre”(?)
  • “Como no dejes de portarte mal en la playa hago la maleta y nos vamos a casa pero ya”(?)
  • “Si no haces lo que te digo te prometo que vas a estar un mes entero sin tele”(?)
  • “Si no recoges ahora mismo tus juguetes, los tiro todos a la basura”(?)
  • “Como vuelva a ver la ropa tirada, no te compro ropa nunca más”(?)
  • “Como no dejes de hacer el tonto, el año que viene no celebramos tu cumpleaños y punto” (?)

Resulta más que evidente que la mayoría de estas aseveraciones nunca se verán cumplidas: ¿seguro que nunca vamos a volver a visitar a los abuelos?; ¿de verdad que estamos dispuestos a regalar la bici del niño a un desconocido, sólo por despecho?; ¿damos por finalizadas las vacaciones, después de tener el apartamento pagado hasta dentro de una semana, porque el niño hoy está caprichoso?; ¿aguantaremos un mes entero sin recurrir a ponerle la tele? (esto no sé si resulta peor castigo para el niño o para algunos padres); ¿en serio vamos a tirar todos sus juguetes a la basura (como si no costaran)? ¿estamos seguros de que va a andar toda la vida – o al menos hasta que alcance independencia económica- con ropa de la talla 10? ¿realmente estamos decididos a no celebrar su próximo cumpleaños?

La mayoría de las veces, ante una conducta no deseada, oposición o desobediencia de nuestros hijos, nos vamos enfureciendo lentamente, la impotencia y el enojo se apoderan de nosotros subiéndonos desde las entrañas a la garganta, la boca se nos calienta y espetamos “aquello” que, en ese momento, desearíamos que pasara (¡a la basura los juguetes!). Sin embargo, si lo pensáramos durante unos larguísimos digamos... cinco segundos, llegaríamos a la conclusión de que “aquello” tan tremendamente tremendo no lo vamos a llevar a cabo. Bien, pues esos cinco segundos, son nuestro pasaporte a la autoridad. Esos cinco segundos de contener a la fiera que llevamos dentro, mordernos la lengua, cerrar la boca y activar la parte más racional del cerebro (o sea, tener y mostrar autocontrol), son la salvaguarda de la credibilidad frente a nuestros hijos, el salvoconducto que nos protege frente a la acusación de “mamá, me mientes” (o sea, no te voy a respetar -ni a confiar en ti, ni a obedecer...- porque no cumples lo que dices). Sólo cinco segundos para ganar autoridad o para perderla.

La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos resulta fundamental para obtener autoridad frente a nuestros hijos. La autoridad, que en según qué círculos parece tener mala prensa, se define según el diccionario de la Real Academia de la Lengua como el prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia. Es decir, se trata del prestigio y la confianza que nos reconocen nuestros hijos como educadores competentes. No es algo que se imponga sino que es algo que se otorga; que nos otorgan, en este caso, nuestros hijos como consecuencia de haberles demostrado capacidad, actitudes y aptitudes valiosas para poder educarles. Y para ser dignos acreedores de la confianza de nuestros hijos, es decir, para ganarnos esa autoridad, es imprescindible, entre otras cosas, que nuestros hijos perciban coherencia, congruencia, integridad entre nuestros dichos y nuestros hechos.

Ofrezco, a continuación, unas sugerencias prácticas para que la comunicación con nuestros hijos nos haga ganar autoridad frente a ellos (y no perderla):


  • Nunca debemos decir aquello que no estemos seguros de llevar a cabo. Los niños saben que es irrealizable y la repetida constatación de que, efectivamente no hacemos lo que decimos, hace que el temor que pretendemos infundirles para conseguir su obediencia se esfume (¡sí, claro, que vas a regalar mi bici, cuántas veces lo has dicho y nunca lo has hecho!).

  • Siempre que anunciemos que va a haber ciertas consecuencias, es importante ser fieles a la palabra dada. Tanto para lo bueno como para lo malo. Si yo digo que después de hacer la tarea vamos al parque, tenemos que cumplir e ir al parque. Y si digo que si no acabas la tarea a tiempo no te puedes bañar en la piscina, también hay que cumplir y no ceder ante ruegos, protestas o nuestra propia comodidad (a veces resulta más fácil ceder que aguantar el enojo del niño).

  • La amenaza y el castigo, han de ser los últimos recursos educativos. Además de ser estrategias que pueden encerrar cierta dosis de violencia (¿a alguno de nosotros nos gusta que nos amenacen para que desarrollemos nuestro trabajo o seamos amables?), cuanto más se usen más ineficaces se vuelven. La motivación, el estímulo y ciertas técnicas de comunicación no violenta serán mucho más útiles.

  • Cuanto más dramáticas sean las consecuencias que planteemos, menor será su eficacia porque el niño sabe que resultarán irrealizables. Sabe que, por muy enfadados que estén sus papás, y por mucho que digan, antes o después volverán a visitar a los abuelos, así que puede seguir subiéndose por los sillones impunemente.


Sé que el tema da para mucho y que esto es apenas un aperitivo. Cómo corregir conductas, cómo lograr la colaboración de nuestros hijos, cómo poner límites de manera eficaz... son cuestiones en las que nos jugamos la autoridad frente a ellos y que con unas cuantas estrategias podemos manejar de manera satisfactoria. Éstos y otros asuntos, los abordaremos en próximas entradas. Mientras tanto, podéis dejar vuestros comentarios, sugerencias o preguntas respecto a este tema de la autoridad y la coherencia. Feliz verano.