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lunes, 24 de octubre de 2011

IDEAS PARA AYUDAR A CRECER FELICES: FOMENTANDO EL APEGO

Tal y como comentábamos en la entrada anterior, vamos hoy a tratar de exponer ideas que puedan fomentar y fortalecer un apego seguro en nuestros hijos. Recordando lo dicho la vez pasada, el apego es ese lazo afectivo que conecta al hijo con la madre o cuidador primario y que se establece a partir de las respuestas que da la madre a las necesidades tanto físicas como emocionales del bebé. Este apego, cuando se ha establecido de forma segura, es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con los demás y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá.

Ideas para fomentar un apego seguro con el bebé:

  • Establece todo el contacto físico que sea posible: el sentido del tacto es un potente regulador del estrés y transmite afecto y seguridad. Recuerda, el bebé necesita sentirse seguro para crecer feliz y la mejor manera de transmitir seguridad es a través del contacto físico. Puede ser tenerlo en brazos, sentado en tu regazo, darle un masaje, jugar a revolcarse, hacerle cosquillas (siempre que le agrade) etc.
  • Responde a las necesidades del bebé, tanto físicas como emocionales, de manera sensible y rápida. Si tiene hambre, aliméntalo; si está cansado, duérmelo; si necesita consuelo, confórtalo. Al contrario de lo que se suele creer, un bebé / niño “aprende” a esperar cuando desde el principio ha visto sus necesidades cubiertas; eso le hace tener la confianza en que antes o después llegará la respuesta a su necesidad y por lo tanto, “aprenderá” a tolerar la espera.
  • Permanece disponible para él todo el tiempo que puedas (nota para evitar malas interpretaciones: no dice “todo el tiempo que tengas” sino “todo el tiempo que puedas”): el apego es una relación de afecto y confianza por lo tanto, cuanto más tiempo invirtamos en esa relación, más afecto transmitamos y más motivos demos para la confianza, mejor será el apego. Los niños, en esta primera infancia, necesitan mucha atención; nos guste o no, es así. Estar con ellos, disponibles física y emocionalmente, es fundamental para fomentar un apego seguro.
  • Haz cosas que le gusten: el disfrute compartido es un seguro para la creación de un vínculo estable. Para empezar, tírate al suelo con él. El suelo es el espacio natural de los niños en esta etapa de 0 a 3 años (cuanto más estén en el suelo, mejor podrán estar sentados en la silla cuando sean más grandes). Jugar juntos, ir al parque, leer cuentos, hacer aserrín-aserrán o cucú-tras, son algunas propuestas.
  • Interactúa con tu bebé tanto como puedas: el hecho de que no pueda comunicarse verbalmente no significa que no necesite comunicación. Háblale, léele cuentos aún cuando no los entienda, cántale canciones, hazle “éste fue a por leña...”, jugad frente al espejo etc. Aplaude todo intento de respuesta de tu bebé, es el primer paso para la comunicación verbal.
  • Sintoniza con las emociones de tu bebé: cuando tu bebé esté enfadado, molesto, frustrado... ¡no le juzgues! Limítate a empatizar con su emoción. Aunque parezca que no entiendan, se produce una conexión entre su cerebro emocional y el tuyo y el hecho de sentirse en sintonía le ayudará a recuperar el bienestar. "Veo que estás muy enfadado.  Algo ha debido de pasar para que te sientas así".  Busca en tu experiencia alguna situación que te haya hecho sentir rabia, frustración, enojo... y será más fácil comprenderle.
  • Sé filtro regulador de tu bebé (esta expresión fabulosa, la tomo prestada, de nuevo, de José Luis): es decir, frente a su desbordamiento emocional, dale estabilidad y contención. Los abrazos son maravillosos, porque ponen límites a su malestar y le ayudan a recuperar su equilibrio emocional. A veces, frente a las rabietas de nuestros hijos, los padres respondemos con otra rabieta. Mantengamos el autocontrol, recordemos que los adultos somos nosotros y pensemos que cuanta más serenidad mostremos, mejor ayudaremos a nuestro hijo y antes acabará el episodio.
  • Pon palabras a lo que siente y vive: el bebé no sabe discriminar sus emociones ni interpretar lo que sucede tanto dentro como fuera de sí mismo. Se siente mal y llora. Ofrécele tú las palabras que organicen su malestar: “¡uyyy!, se te ha caído la torre que llevabas haciendo tanto rato y eso te frustra mucho... Yo también me siento mal cuando no salen las cosas como yo quiero... Vamos a ver cómo podemos solucionarlo”. Puede resultar un tanto rimbombante para un bebé de un año, pero la mejor manera de alimentar su inteligencia emocional es atribuir a cada emoción el término preciso que la describe.
  • Y por último y como conclusión, cuando tu bebé reclame atención, préstasela. Tal vez necesite sólo una mirada o unas palabras tranquilizadoras para saber que estás ahí y así sentirse seguro. Si realmente necesita atención y no se la brindas, la acabará reclamando de otra manera quizá más inadecuada o molesta.

    Todo lo dicho anteriormente, vale también para niños más grandes, adaptándolo, lógicamente, a su edad, madurez e intereses (los juegos de un bebé no son los de un niño de 5 años). Además, para aquellos niños que puedan tener apegos poco seguros (niños con dificultad para aceptar los límites, pobre autocontrol, inseguros, retraídos, desafiantes etc.), recomendaría varias cosas de cara a fortalecer el apego:

  • Jugar a “dejarse caer”: es un juego al que todos hemos jugado alguna vez. Se trata de colocarse detrás del niño, muy cerca de él, y pedirle que se deje caer como si fuera una tabla, asegurándole que le recogeremos. Y, evidentemente, cuando se deje caer, recogerlo. A medida que va ganando confianza, alejarse del niño (avisándole previamente) para que el recorrido sea mayor. Dos o tres minutos al día de este juego tienen resultados asombrosos.
  • Dormir con él: sé que suena, cuando poco, heterodoxo pero las investigaciones muestran que cuando dormimos con alguien liberamos una sustancia en nuestro cerebro que produce apego. De hecho, para niños con problemas de conducta o con algún tipo de carencias, se prescribe como indicación terapéutica. ¡Ojo!: hay personas a quienes esto les desagrada y tampoco hemos de hacer aquello que nos produce rechazo. No hay por qué meterse al niño a la cama o quedarnos en la suya toda la noche si no nos sentimos cómodos haciéndolo, pero siempre se pueden compartir otros momentos de sueño como las siestas, que tal vez sean más aceptables para algunas familias.
  • Ver con él fotos de cuando era pequeño y hablar de esa etapa: también sirve sacar juguetes o ropa de cuando era bebé y expresar las emociones que nos evocan esos recuerdos.
  • Dejarle notitas con mensajes positivos o con dibujos de caras sonrientes o corazones para que las vea al despertar: el dormirse pensando que mamá o papá se tomarán tiempo para hacerle una nota en que le digan cuánto le quieren tiene efectos altamente beneficiosos en su seguridad personal.
  • Hacerle una “pulsera del cariño” (puede ser con hilo, con un lazo, con cintas de colores...): con mucha solemnidad y en un tono de complicidad le decimos que es una pulsera especial que guarda todo el cariño de mamá y que tiene el poder de hacer que se sienta bien. Así, cuando se sienta solo, triste, enfadado... y mamá no esté para ayudarle, puede mirar la pulsera y acordarse de cuánto le quiere mamá y cuánto desea darle un abrazo.

Esto son sólo algunas ideas. Recordemos que el apego es una relación de afecto y confianza y que lo más importante es dedicar tiempo a cultivar esa relación. Si cuando los hijos son pequeños nos tomamos el tiempo para hacerlo, cuando vayan siendo mayores se convertirán en personas equilibradas, colaboradoras, con autocontrol, con una buena autoestima, con competencia social y cognitiva y, sobre todo, capaces de ser felices.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

BEBÉS FELICES, HIJOS FELICES: ¿QUÉ PODEMOS HACER LOS PADRES? EL APEGO.

De regreso de las vacaciones de verano y tras la “vuelta al cole”, retomamos la actividad bloggera hablando de un tema que he nombrado muchas veces pero sobre el que nunca me he detenido a escribir explícitamente. La cuestión de la que nos ocuparemos hoy es el apego, que si bien es algo que nos acompaña durante toda la vida, se establece en los primeros años de vida y condiciona todo el desarrollo posterior de nuestra personalidad y de nuestras capacidades. Es como el cimiento de la casa: cuanto más sólido sea, más resistente y mejor será la construcción que podamos colocar encima. Vaya pues esta entrada dedicada a todas aquellas personas que tienen bebés y me han pedido que escriba sobre ellos, en especial Mónica, Azucena, Paloma... y todos los papás de las escuelas infantiles.

Todos los padres deseamos que nuestros hijos sean felices. Probablemente, profundizando en la cuestión, nos encontremos con que por “felices” entendemos niños (y adultos) que sean emocionalmente equilibrados, que estén socialmente adaptados y que tengan un buen desarrollo cognitivo e intelectual.  Pues bien, recientes estudios demuestran que el apego seguro en la infancia lleva a un mayor número de resultados óptimos del desarrollo y es un factor de protección frente a la angustia, el estrés, la ansiedad y la enfermedad no sólo en la edad bebé sino hasta la adultez; hoy por hoy nadie discute que el apego influye en los pensamientos, sentimientos, motivaciones y relaciones interpersonales durante toda la vida. Una investigación de la Universidad de Durham en Carolina del Norte, Estados Unidos, ha encontrado relaciones entre los niveles de afecto materno a los 8 meses con el nivel de angustia a los 34 años. A mayor afecto materno a los 8 meses, menor nivel de angustia a los 34 años. Por otro lado, un estudio llevado a cabo en la UNED pone de manifiesto la relación entre el apego y la respuesta emocional, cognitiva y emocional de los niños (para más información podéis consultar el magnífico blog de José Luis Gonzalo Marrodán).


¿Qué es el apego?

El apego es el lazo afectivo que une al hijo con la madre. Cuando un bebé nace, desconoce absolutamente todo lo que ocurre, tanto a su alrededor como dentro de sí mismo. La madre (o figura sustituta) es quien le va ayudando a interpretar la realidad, a contener su malestar, a ofrecerle respuestas a sus necesidades. Cuando un bebé tiene, por ejemplo, hambre, siente un malestar que le asusta y se lo comunica a su madre de la única manera que sabe: mediante el llanto. La mamá se acerca, le toma en brazos y traduce su malestar: “¡uy, bebé, claro, ya debes de tener hambre!”. Y a continuación le da el pecho o el biberón, lo que tranquiliza y sosiega al pequeño. Cuando este esquema se repite, el bebé va interiorizando que existe un malestar dentro de él que puede ser contenido por los brazos amorosos de su madre y por sus palabras cálidas y tranquilizadoras; malestar que tiene un final y que acaba siendo sustituido por una sensación de bienestar y placidez. Eso le va reportando una imagen de sí mismo como alguien bueno y valioso (su madre cuida de él porque es digno de amor), lo cual hace que se vaya construyendo una buena autoestima, y le hace confiar en su madre (puesto que siempre acude al alivio de su malestar) y en la seguridad que ésta le ofrece.

En el periodo que va de los 0 a los 2 años, el bebé se vive fusionado con su madre. No acaba de tener claro dónde acaba su madre y dónde empieza él mismo; esto es muy evidente cuando se llama a sí mismo por su nombre: “Pepito agua”; “nene pelota”. En algún momento, a partir de los dos años, empieza a sustituir su nombre por el pronombre “yo”. Es entonces cuando comienza su proceso de separación-individuación respecto de su madre (y también cuando empieza a poner en práctica una habilidad hasta entonces sorprendente: la de decir “no”, como ejercicio de confirmar que, efectivamente, es un ser diferente de su mamá). A partir de entonces, aquéllo que había depositado en su madre, comienza a transferirlo a su propia persona: su madre merecía su confianza porque siempre acudía a aliviar su malestar y esa confianza se traslada ahora a la confianza en sí mismo; puede empezar a tener confianza en él para superar problemas y malestares y transformarlos en soluciones y bienestar. Su madre le daba la seguridad de unos brazos amorosos capaces de contenerlo en su angustia; ahora él empieza a sentirse seguro de sí mismo y puede iniciar el camino del autocontrol. Este sentimiento de contención física que le brindan los brazos de su madre, es importantísimo en la interiorización de los límites: el regazo de su madre le hace sentir que dentro de esos límites se siente seguro; más adelante extrapolará esa seguridad a otro tipo de límites que le ponga su mamá o cualquier otra figura de autoridad (padre, abuelos, maestros) por lo que le será natural respetarlos.

Esta conexión hijo-madre es lo que se conoce como apego. Cuando se dan las circunstancias que hemos mencionado (una madre amorosa que responde con sensibilidad a la angustia del bebé, que le conforta en su malestar transformándolo con paciencia y cariño en placidez de manera reiterada y predecible) el bebé desarrolla un apego seguro. Este apego es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con su entorno y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá. Si ha experimentado un apego seguro, tendrá un autoconcepto positivo, confianza en sí mismo y seguridad en su iniciativa y sus capacidades, lo que le abrirá las puertas de una socialización exitosa, puesto que será capaz de trasladar el afecto y la empatía que ha recibido de su madre a la relación con los demás. Además, el apego seguro y las conductas asociadas al mismo (contacto físico, balanceos, acunamiento, postura incorporada, intercambios verbales afectuosos, risas etc.), como consecuencia de la estimulación neurológica recibida a través de las mismas, favorecen un mejor desarrollo cognitivo y un mayor rendimiento escolar.

Sin embargo, no siempre se crea este vínculo de apego seguro con la madre. Cuando el bebé siente malestar (hambre, sueño, angustia, calor, frío, estrés, aburrimiento, soledad...), llora para comunicarse y no obtiene esa respuesta sensible y consoladora por parte de su madre queda muy desconcertado. Si la madre no acude para aliviar su malestar porque cree que llora para manipularla, porque le han dicho que si lo toma en brazos se malacostumbrará, porque todavía no le toca comer, porque..., el bebé va interpretando que no es alguien digno de amor y cuidado, que su malestar es incontenible, que su angustia puede llegar hasta el infinito y que parece que a nadie le importa. Si la madre no desarrolla una respuesta sensible a las necesidades del bebé o si ésta no es consistente (unas veces lo consuela y otras no, unas le da el biberón y otras le hace esperar etc.) el bebé no podrá desarrollar confianza en su madre porque ésta no le brindará la seguridad que necesita, ya que sus respuestas parecen impredecibles para el pequeño. A esto se llama apego inseguro y tiene múltiples variantes (ansioso, evitativo y desorganizado) sobre las que no me extiendo pues existe abundante literatura, tanto en internet como en papel, sobre la materia. Por resumir, diremos que el apego inseguro es aquél que se crea cuando el bebé no ha recibido unos cuidados amorosos y consistentes que le permitan interpretar de manera coherente sus sensaciones y su entorno y confiar en él como un medio amigable y no amenazante. Siguiendo la misma lógica que empleábamos al hablar del apego seguro, cuando un niño desarrolla un apego inseguro con su madre, su autoconcepto y su autoestima serán pobres, su confianza en sí mismo limitada y su seguridad personal escasa por lo que su equilibrio emocional se verá comprometido, sus sociabilidad tendrá ciertas dificultades (bien porque sea un niño excesivamente sumiso, retraído, desafiante o agresivo) y su desarrollo cognitivo no será del todo adecuado.

Después de esto, la conclusión se hace evidente: cuanto más invirtamos en fomentar el apego con nuestros hijos en sus tres primeros años de vida, más estaremos invirtiendo en su felicidad. Su desarrollo emocional, social y cognitivo estará condicionado por el afecto en la primera infancia y la relación primaria que establezca con su madre. En la próxima entrada hablaremos de formas concretas para fomentar el apego seguro en bebés y niños pequeños, así como pautas para fortalecerlo en los más grandes.

martes, 9 de agosto de 2011

AUTORIDAD, AMENAZAS Y COHERENCIA

Hace unos días tuve ocasión de presenciar el siguiente diálogo entre una madre y su hija de seis años. La mamá quería que la niña se bajase de un columpio y la niña no quería hacerlo:

-  Que te bajes, te digo.
-  No quiero.
-  Llevas ahí desde que hemos llegado, y ya está bien.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque lo digo yo.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque soy tu madre y me tienes que respetar.
-  Eres mi madre pero no te voy a respetar.
-  ¿¿??
-  No te voy a respetar, porque me mientes.
-  ¡¿Que yo te miento?!
-  Sí, porque me dices que me vas a hacer cosas que luego nunca haces...


Ahí es nada. Se puede decir más alto pero no más claro. Veinte manuales de educación no lo podrían haber explicado mejor y en menos palabras. Ahondando en la relación, resulta que la madre recurre frecuentemente a amenazar a la niña para que obedezca y las amenazas nunca se cumplen. Por eso, la niña dice que la madre “miente”. Y por eso, la madre, pierde credibilidad y autoridad frente a su hija.

La amenaza es un recurso al que los padres recurrimos antes o después cuando queremos conseguir la obediencia de nuestros hijos y no se nos ocurre otra estrategia más eficaz. Además, a medida que vemos que no va a surtir efecto, engordamos la amenaza hasta llegar a decir cosas que estamos totalmente seguros de que no vamos a llevar a cabo. Valgan los siguientes como ejemplos (seguro que a vosotros se os ocurren muchos más):

  • “Como sigas así no volvemos nunca más a casa de los abuelitos”(?)
  • “Si no te montas ahora mismo en la bici, se la regalo al primer niño que me encuentre”(?)
  • “Como no dejes de portarte mal en la playa hago la maleta y nos vamos a casa pero ya”(?)
  • “Si no haces lo que te digo te prometo que vas a estar un mes entero sin tele”(?)
  • “Si no recoges ahora mismo tus juguetes, los tiro todos a la basura”(?)
  • “Como vuelva a ver la ropa tirada, no te compro ropa nunca más”(?)
  • “Como no dejes de hacer el tonto, el año que viene no celebramos tu cumpleaños y punto” (?)

Resulta más que evidente que la mayoría de estas aseveraciones nunca se verán cumplidas: ¿seguro que nunca vamos a volver a visitar a los abuelos?; ¿de verdad que estamos dispuestos a regalar la bici del niño a un desconocido, sólo por despecho?; ¿damos por finalizadas las vacaciones, después de tener el apartamento pagado hasta dentro de una semana, porque el niño hoy está caprichoso?; ¿aguantaremos un mes entero sin recurrir a ponerle la tele? (esto no sé si resulta peor castigo para el niño o para algunos padres); ¿en serio vamos a tirar todos sus juguetes a la basura (como si no costaran)? ¿estamos seguros de que va a andar toda la vida – o al menos hasta que alcance independencia económica- con ropa de la talla 10? ¿realmente estamos decididos a no celebrar su próximo cumpleaños?

La mayoría de las veces, ante una conducta no deseada, oposición o desobediencia de nuestros hijos, nos vamos enfureciendo lentamente, la impotencia y el enojo se apoderan de nosotros subiéndonos desde las entrañas a la garganta, la boca se nos calienta y espetamos “aquello” que, en ese momento, desearíamos que pasara (¡a la basura los juguetes!). Sin embargo, si lo pensáramos durante unos larguísimos digamos... cinco segundos, llegaríamos a la conclusión de que “aquello” tan tremendamente tremendo no lo vamos a llevar a cabo. Bien, pues esos cinco segundos, son nuestro pasaporte a la autoridad. Esos cinco segundos de contener a la fiera que llevamos dentro, mordernos la lengua, cerrar la boca y activar la parte más racional del cerebro (o sea, tener y mostrar autocontrol), son la salvaguarda de la credibilidad frente a nuestros hijos, el salvoconducto que nos protege frente a la acusación de “mamá, me mientes” (o sea, no te voy a respetar -ni a confiar en ti, ni a obedecer...- porque no cumples lo que dices). Sólo cinco segundos para ganar autoridad o para perderla.

La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos resulta fundamental para obtener autoridad frente a nuestros hijos. La autoridad, que en según qué círculos parece tener mala prensa, se define según el diccionario de la Real Academia de la Lengua como el prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia. Es decir, se trata del prestigio y la confianza que nos reconocen nuestros hijos como educadores competentes. No es algo que se imponga sino que es algo que se otorga; que nos otorgan, en este caso, nuestros hijos como consecuencia de haberles demostrado capacidad, actitudes y aptitudes valiosas para poder educarles. Y para ser dignos acreedores de la confianza de nuestros hijos, es decir, para ganarnos esa autoridad, es imprescindible, entre otras cosas, que nuestros hijos perciban coherencia, congruencia, integridad entre nuestros dichos y nuestros hechos.

Ofrezco, a continuación, unas sugerencias prácticas para que la comunicación con nuestros hijos nos haga ganar autoridad frente a ellos (y no perderla):


  • Nunca debemos decir aquello que no estemos seguros de llevar a cabo. Los niños saben que es irrealizable y la repetida constatación de que, efectivamente no hacemos lo que decimos, hace que el temor que pretendemos infundirles para conseguir su obediencia se esfume (¡sí, claro, que vas a regalar mi bici, cuántas veces lo has dicho y nunca lo has hecho!).

  • Siempre que anunciemos que va a haber ciertas consecuencias, es importante ser fieles a la palabra dada. Tanto para lo bueno como para lo malo. Si yo digo que después de hacer la tarea vamos al parque, tenemos que cumplir e ir al parque. Y si digo que si no acabas la tarea a tiempo no te puedes bañar en la piscina, también hay que cumplir y no ceder ante ruegos, protestas o nuestra propia comodidad (a veces resulta más fácil ceder que aguantar el enojo del niño).

  • La amenaza y el castigo, han de ser los últimos recursos educativos. Además de ser estrategias que pueden encerrar cierta dosis de violencia (¿a alguno de nosotros nos gusta que nos amenacen para que desarrollemos nuestro trabajo o seamos amables?), cuanto más se usen más ineficaces se vuelven. La motivación, el estímulo y ciertas técnicas de comunicación no violenta serán mucho más útiles.

  • Cuanto más dramáticas sean las consecuencias que planteemos, menor será su eficacia porque el niño sabe que resultarán irrealizables. Sabe que, por muy enfadados que estén sus papás, y por mucho que digan, antes o después volverán a visitar a los abuelos, así que puede seguir subiéndose por los sillones impunemente.


Sé que el tema da para mucho y que esto es apenas un aperitivo. Cómo corregir conductas, cómo lograr la colaboración de nuestros hijos, cómo poner límites de manera eficaz... son cuestiones en las que nos jugamos la autoridad frente a ellos y que con unas cuantas estrategias podemos manejar de manera satisfactoria. Éstos y otros asuntos, los abordaremos en próximas entradas. Mientras tanto, podéis dejar vuestros comentarios, sugerencias o preguntas respecto a este tema de la autoridad y la coherencia. Feliz verano.

martes, 7 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (II)

Como anticipamos en la anterior entrada el éxito del “portarse bien” está estrechamente ligado a las expectativas que tenemos acerca de lo que ello significa y de cómo se las comunicamos a nuestros hijos. Para conseguir que los niños se “porten bien” en un sinfín de situaciones potencialmente complicadas, propongo estas sugerencias:


  • Lo primero que hay que matizar es que, dependiendo de la edad y madurez del niño, la exigencia sobre aquellos aspectos que implican “portarse bien” será muy distinta. No podemos esperar lo mismo de un bebé, un niño de tres años o uno de ocho, así como tampoco podemos esperar que todos nuestros hijos sean iguales o se porten igual que el hijo del vecino, sencillamente porque son diferentes. A cada uno tendremos que exigirle según lo que pueda dar. No se trata de no ponerle límites o no educarlo; se trata de acomodar la exigencia a la madurez de cada cual.
  • Muy relacionado con este punto está la cuestión de las expectativas que tenemos acerca de lo que podemos esperar de nuestros hijos, para adecuarlas a la realidad: si nuestro hijo de tres años es movido e inquieto, pedirle que durante toda la comida en el restaurante esté callado y sin moverse, es casi como pedirle un milagro. Ajustemos nuestras expectativas para no sentirnos permanentemente frustados.
  • Anticipar: los mayores sabemos qué es una sala de espera de un dentista, cuánto dura una comunión o qué vamos a hacer en un supermercado. Los niños no; incluso de una vez a otra se les olvida. Cuando vayamos a realizar alguna actividad particular que requiera que “se porte bien”, expliquémosle cuál va a ser la situación que va a vivir. Por ejemplo: “vamos a ir al dentista y antes de entrar estaremos un rato en un salón, con unos sillones, donde habrá más personas esperando; cuando nos llamen, entramos al dentista”.
  • Explicarles detalladamente lo que esperamos de ellos, es decir, aquellas cosas que queremos que hagan o que no hagan para “portarse bien”. En la medida de lo posible, intentaremos decirles aquello que SÍ tienen que hacer, en lugar de señalarles lo que NO tienen que hacer. Por ejemplo, “quiero que estés sentado junto a mí (o aúpa de mamá) y que camines de mi mano” será mucho más claro para él que “no corras porque ya sabes que aquí hay que portarse bien”. Además podemos introducir elementos para convertir la espera en algo parecido a un juego: “en la sala de espera del dentista tenemos que hablar como si estuviéramos contándonos secretos, para que no se entere nadie” (en lugar de “¡que no griteeees!”).
  • A veces, podemos hacerlos a ellos partícipes para que digan lo que se les ocurre que podemos hacer. Generalmente suelen tener buenas ideas, si les preparamos el terreno; por ejemplo: “en este sitio va a haber gente que quiere estar tranquilita... ¿qué se te ocurre que podemos hacer para no molestarles y que todos estemos a gusto?”. Muy posiblemente diga cosas del tipo “no gritar”, “no correr”, “no jugar”..., a lo que contestaremos efusivamente “¡qué buena idea! Si a alguno de los dos se le olvida lo que tiene que hacer, el otro se lo recuerda, ¿vale?”. Obviamente, cuando llegue el momento de recordarle que no había que gritar, se lo diremos con tacto, sin regañar, como si se hubiera vulnerado un pacto de complicidad entre ambos.
  • Prevenir: cuando un niño está molesto, molesta a los demás. Si le vamos a exponer a una situación que puede ser muy aburrida, lo mejor es prevenir su aburrimiento llevando algún juguete o cuento. “He traído tu muñeco favorito; puedes jugar con él aquí” (y le señalamos un espacio, por ejemplo, el asiento del sillón). Si la espera va a ser larga, tal vez haya que introducir más de un elemento de distracción (cuaderno, pinturas etc.)
  • El hambre y la sed son campos abonados para “portarse mal”. Cuando un niño pequeño está hambriento o sediento no lo expresa igual que un adulto, simplemente se empieza a sentir cada vez más incómodo e incomoda a quienes estén cerca. Si creemos que en el intervalo en el que queremos que se “porte bien” puede tener hambre o sed, podemos meter en el bolso alguna galleta y una botellita de agua.
  • El sueño y el cansancio son los peores enemigos del “portarse bien”. Si podemos evitar exponerlo a una de estas situaciones cuando esté muy cansado, él y nosotros lo agradeceremos. Si resulta inevitable llevarlo, hagámonos a la idea de que no podemos esperar gran cosa de él en este momento, y no nos enfademos ni nos hagamos mala sangre.
  • Una vez finalizada la situación, felicitarle por lo que ha hecho bien, ignorando lo que ha hecho mal: “¡me encanta cómo has estado sentado junto a mí, jugando sin alborotar!, te lo agradezco muchísimo, eres un sol” (y le damos un beso), “seguro que la gente ha estado a gusto y ha pensado que eres muy educado”, “¡qué bien me lo he pasado contándonos secretos!”. Eso le reforzará su autoestima haciéndole sentir que es un niño agradable, capaz de hacer ciertas cosas adecuadamente y le animará a seguir con ese tipo de actitud.
  • Remarcar lo anterior, expresando que todo eso que ha hecho significa “portarse bien”: “¡qué bien te has portado estando sentado tanto rato y hablando bajito!”. A partir de estos comentarios, podrá ir interiorizando lo que quieren decir su padre o su madre cuando hablan de “portarse bien”.


Pensemos que es cuestión de tiempo y madurez; si cuando son pequeños les hacemos estos momentos más llevaderos, cuando sean más grandes tendrán recursos para saber “cómo portarse bien” y sabrán que son capaces de afrontar la situación, sintiéndose orgullosos de portarse “como niños mayores” aunque se aburran un poco.

jueves, 2 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (I)

¡La de veces que habremos dicho esto...! Se me ocurren bastantes situaciones con visos potenciales de que acaben “como el rosario de la aurora” en cuanto a comportamiento infantil se refiere. La sala de espera del médico, la comunión de la prima, una reunión con la tutora, la compra en el súper, una comida en un restaurante, una visita y un largo etcétera. Creo que todos sabemos lo frustrante que es que el niño dé la nota y monte el numerito en el momento más inoportuno. Además, parece que nada de lo que hagamos en ese momento arregla las cosas sino que, antes bien, las empeora: ordenarle al niño lo que tiene que hacer, decirle con enfado lo mal que se está portando, pedirle por favor que se comporte, reprocharle que actúa como un bebé, amenazarle con la pérdida de no-sé-cuántos privilegios... El repertorio de recursos para ver si el niño se enmienda tiende a infinito y el resultado de que mejore su comportamiento, a cero.

Definitivamente algo hay que no funciona en lo que a “portarse bien” se refiere porque los niños entienden una cosa y los padres otra bien diferente. Cuando nosotros a nuestros hijos les decimos que “hay que portarse bien” tenemos muy claro en nuestra cabeza qué implica eso: estar callados y quietos, saludar cuando lleguemos, despedirnos cuando nos vayamos, no gritar, no correr, ser amables, no hacer rabietas, decir por favor y gracias, no interrumpir a los mayores, no tirarse por el suelo, no tocar las cosas... Sin embargo, los niños no acaban de saber a qué nos referimos los mayores cuando hablamos de “portarse bien”; ellos se portan, sencillamente, como niños, sin capacidad para discernir que la iglesia no es el parque o la sala de espera del dentista no es su casa. Algunas veces, les castigamos o reñimos a posteriori porque “no se han portado bien” en tal o cual situación y para colmo de males, en algunas ocasiones en las que han estado intratables, les preguntamos “¿cómo crees que te has portado?” y contestan convencidos “¡muy bien, mamá!”.

Hemos de tener en cuenta que dentro del concepto “portarse bien” se engloban comportamientos muy diferentes, a veces, incluso, contrapuestos. No es lo mismo “portarse bien” en el parque, en el cole, en casa, en casa de un amiguito, en el médico, en el mercado, en la iglesia, en un restaurante... Por ejemplo, es probable que en la consulta del médico el niño se tenga que desnudar, y requeriremos que “se porte bien” y se deje desvestir sin protestar, pero desnudarse en otro lugar, digamos el súper, no está igual de bien visto... Desde luego, si se le ocurre lucir sus encantos en plena calle no le aplaudiríamos precisamente por “portarse bien”, cosa que sí haríamos tras su colaboración en el médico. Conclusión que saca el niño: desnudarse... ¿está bien o mal? Lo mismo se puede decir de trepar por los juegos del parque o por los muebles del salón de la tía Rita o el delicado equilibrio entre “estar calladito” y “contestar cuando te hablen”.

Después de lo dicho, resulta fácil entender que esos “pórtate bien” o “¡qué mal te has portado!” resultan tremendamente confusos para nuestros hijos, que no saben exactamente a qué nos referimos cuando los proferimos con tono enérgico y a menudo enojado. Les resuenan ambiguos, desconcertantes y les generan inseguridad pues un comportamiento que un día y en un lugar son adecuados, encienden la ira materna o paterna si las circunstancias cambian. La solución pasa entonces por definir qué conductas concretas conlleva cada “pórtate bien” según el momento y el lugar.

A veces, a los mayores, se nos olvida que los niños son pequeños y no entienden el por qué de las cosas, no saben calcular el tiempo, no comprenden lo que sucede, se aburren... Generalmente un niño pequeño no se “porta mal” porque quiera fastidiar a su madre o a su padre, sino simplemente porque no puede “portarse bien”: la situación le supera, el aburrimiento le reconcome y no tiene la madurez suficiente como para controlar su malestar y esperar pacientemente quieto y callado hasta nueva orden. Somos nosotros, como adultos, quienes tenemos que comprender con inteligencia qué le puede pasar, cómo prevenir su malestar y cómo manejarlo en caso de aparición, sin reprocharle ni castigarle por comportarse, sencillamente, como un niño de su edad.

Me gustaría subrayar que, cuando vayamos a exponer a nuestro hijo a una situación que prevemos que para él va a ser difícil de sobrellevar y queremos que se “porte bien”, pensemos que él no ha pedido encontrarse en esa circunstancia sino que somos los adultos los que le llevamos y los que esperamos de él una serie de actitudes y comportamientos. Actuemos, pues, como adultos, entendiendo que ellos son niños y necesitan nuestra ayuda para crecer.

En la próxima entrada, hablaremos sobre estrategias prácticas para ayudar a los niños a “portarse bien”.