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miércoles, 19 de diciembre de 2012

LOS REYES MAGOS




 
Todos los años por estas fechas suelo escuchar con mucha frecuencia frases cuasi apocalípticas proferidas por padres, abuelos, profesores y adultos varios en los que, ante un mal comportamiento de los niños, se les advierte de que se van a quedar “sin Reyes”. Suelen ser comentarios de este tipo:

  • Como sigas así, no te van a echar nada los Reyes.
  • ¡¡Uy!! Como se enteren los Reyes de que te metes el dedo en la nariz no te traen nada.
  • Otro numerito como éste y te va a traer regalos quien yo te diga.
  • Los Reyes lo ven todo y saben que te estás portando mal y te van a traer carbón.
  • …

Digo yo...  Como adultos que somos, ¿no podemos recurrir a otra estrategia para manejar las relaciones con nuestros hijos? Porque, por una parte, ¿de verdad que, por mucha rabieta o mucho dedo en la nariz, no les van a traer nada los Reyes? Y por otra, ¿cómo nos sentiríamos nosotros si nos dijera nuestro jefe “como se entere el Director General, este año se queda Vd. sin vacaciones”? Lo sentiríamos arbitrario, injusto e injustificado y en cualquier caso, pensaríamos que ante diferencias de opinión respecto a nuestro trabajo siempre puede haber otro tipo de medidas a tomar.

Nuestros hijos se pasan meses esperando que vengan los Reyes... Son niños, nosotros les hemos introducido en el mundo mágico de sus majestades de Oriente sin que ellos lo pidieran y resulta injusto que, ante comportamientos propios de su edad, decidamos amenazarles con algo tan importante para ellos y a lo que, en cierto sentido, tienen derecho como niños que son. Creo que existen otras maneras de guiar el comportamiento de nuestros hijos más allá de recurrir a una amenaza tan fácil e irreal como que los Reyes no le van a traer regalos.

Si queremos que maduren, seamos nosotros mismos maduros.  Comportémonos como adultos permitiendo que ellos sigan siendo niños.


Nota: Por cierto que, ahora que van a venir los Reyes, me permito recomendaros el proyecto de Yolanda quien, con su buen hacer, os podrá ayudar con todo aquello que necesitéis para vuestro bebé. A ella, así como a Olga, Verónica, Jessica, Claudelys y las demás mamás de las clases de Estimulación, les debo un enorme Gracias por el detallazo que han tenido conmigo.


lunes, 4 de junio de 2012

¿NIÑOS INTELIGENTES?

Hace unos días me comentaba una de mis mejores amigas que nota que su hijo, un niño de 6 años muy espabilado, a veces se comporta de forma un tanto sabionda con otros niños de su alrededor y le preocupa que ello pueda generar rechazo en los demás niños. Me decía que, por ejemplo, asiste a una actividad extraescolar donde claramente lleva la delantera del grupo y que, en ocasiones, evidencia su superioridad en la materia provocando cierta molestia en los otros.



La verdad es que todos deseamos que nuestros hijos sean listos pero, ¿qué sucede cuando “se pasan de listos”, es decir, cuando sus capacidades -ya sea dentro o fuera de la sobredotación- están por encima de la media de su entorno y ellos, conscientes de esa circunstancia, se sienten mejores que los demás?. ¿Cómo ayudarles a vivir su capacidad de forma positiva sin que ello le genere dificultades a nivel social?

  • Comprenderles: los niños muy inteligentes se sienten diferentes y ello puede hacerles sentir incomprendidos y solos. Es preciso entender que su comportamiento a veces extraño, puede deberse a este sentimiento de incomprensión.

  • Valorar lo positivo: es un error no valorarles “para que no se lo crean”. Ellos, lejos de “creérselo” ya saben que son muy inteligentes y como todos, para ser felices y tener una buena autoestima, necesitan sentirse aceptados y valorados.

  • Afrontar con naturalidad sus logros y fracasos: a veces caemos en transmitirles sorpresa e incluso decepción, cuando no logran algo y decimos cosas del tipo “pero con lo bien que se te da ¿cómo no sabes hacerlo?”, lo cual les hace sentir incompetentes y fracasados.

  • Enseñarles a descubrir sus talentos y sus limitaciones, en sí mismos y en los demás: todos tenemos nuestros puntos fuertes y débiles y necesitamos aceptar unos y otros como parte de la vida. Enseñarles que los demás también tienen cosas buenas o pueden destacar en ciertos aspectos les ayuda a vivir con sencillez su capacidad.

  • Fomentar que vivan su capacidad como servicio a los otros: cuando vean que un niño no sabe algo, en lugar de ridiculizarlo o alardear, pueden enseñarle cómo se hace o ayudarle a que lo aprenda. Ello les hace sentir valiosos porque su capacidad sirve para que otro se sienta mejor, lo cual es una riquísima fuente de crecimiento personal y lejos de fomentar rechazo, favorece la aceptación por parte de los otros.

¿Tenéis vosotros alguna experiencia de este tipo con vuestros hijos?

lunes, 13 de febrero de 2012

LAS RESPONSABILIDADES DE LOS HIJOS

Hace unos días atendía a una madre preocupada, entre otras cosas, por la falta de responsabilidad de su hija preadolescente ante los estudios.  Olvidaba apuntar las tareas, no traía los materiales a casa, decía que había terminado los deberes cuando no los había hecho, no entregaba los trabajos y un largo etcétera.  Después de hablar de algunos otros factores, le pregunté acerca de cuáles eran las responsabilidades de la niña en casa. 

–        ¿En casa? - me preguntó sorprendida.
–    En casa, sí, me refiero  a cuáles son sus obligaciones “domésticas”... -aclaré.
–      Su única obligación es estudiar!- respondió- ¡Está liberada de todo con tal de que estudie!

Más allá de evaluar aspectos neuropsicológicos y emocionales que pueden estar en el origen de su falta de responsabilidad en los estudios, me gustaría centrarme hoy en las obligaciones de los hijos.

Nuestra tarea como padres es la de preparar a los hijos para desenvolverse en la vida de una manera lo más equilibrada, madura y feliz posible.  Y eso, inevitablemente, pasa por ser personas responsables.  Nuestros hijos gozan, en términos generales, de amplios márgenes de libertad dentro de unos límites de seguridad y contención que los padres tenemos que brindarles.  Pero la otra cara de la moneda de la libertad es la responsabilidad.  Nuestros hijos son parte de una familia en la que nada cae del cielo: desde el dinero que entra en casa para comer, estudiar, ir al cine o tener una wii, hasta la ropa que llega lavada y planchada al armario, todo se realiza con el esfuerzo y la responsabilidad de alguien -normalmente los padres-.  En medio de este contexto, los hijos necesitan tener responsabilidades sobre sus hombros para tener los pies en el suelo (evidentemente, el peso de la responsabilidad dependerá de la edad, madurez y capacidad del crío).    Hace poco, una niña de 8 años me decía que para qué iba a hacer ella la cama si a su casa iba una señora y se la hacía.  Poco importa aquí si se trata de una empleada de hogar o de su propia madre.  La cuestión es que la niña no se siente en la responsabilidad de  hacer algo que otra persona hace por ella.  Más allá del debate de qué edad es la apropiada para que un niño haga su cama –o cualquier otra cosa-, el tema de fondo es cómo cultivar la responsabilidad en los hijos.

No es sino hasta la adolescencia que nuestros hijos empiezan a tener una conciencia moral que les permite reflexionar sobre sus propios actos.  Me explico: un niño de dos años, recogerá sus juguetes (a su manera) porque es lo que le agrada a mamá; uno de diez, lo hará porque se lo manda mamá; uno de quince lo hará porque considerará que es su responsabilidad.  Pero para que pueda llegar a la adolescencia despertándose en él esta moral autónoma y florecer una actitud responsable y madura, es necesario que desde niños hayamos cultivado este sentido de la responsabilidad.

¿Qué tareas pueden ser exigidas a los hijos?

La respuesta variará dependiendo de un sinfín de factores como la edad y madurez de los hijos o la organización familiar, pero señalemos aquí algunas:

–        Hacer la cama, recoger su ropa (o llevarla a lavar), ordenar sus cosas.
–        Poner y / o quitar la mesa.
–        Llevar su plato a la cocina, al fregadero o al lavaplatos.
–        Dar de comer al perro.
–        Ayudar a tender o destender.
–        Sacar los platos del lavaplatos.
–        Limpiar el lavabo (o el baño entero).
–        Repartir la ropa planchada.
–        Comprar el pan.
–        Bajar la basura.


¿Cómo se hace?

Si a nuestro hijo nunca le hemos exigido determinadas tareas domésticas, no podemos ponerle todas de golpe; habrá que ir poco a poco.  Empezar con sus cosas: su cama, su ropa, sus libros, su plato.  Una vez conseguido que sea responsable en sus cosas, implicarle en cosas que son de todos.  En cuanto a los pasos concretos, vamos a aportar algunas ideas:

–        Sentarnos con él en un clima lo más amable posible -no de reproche sino de complicidad- y decirle que papá y mamá, además de trabajar fuera de casa, cuando llegamos a casa tenemos que poner la lavadora, hacer la cena, planchar, limpiar y necesitamos su ayuda (en general todos respondemos bien cuando nos piden ayuda y peor cuando nos imponen algo de manera unilateral).
–        Exponerle aquella tarea o tareas que queremos que haga a partir de ahora: “Necesito que, a partir de mañana, te hagas tu cama todos los días”.  NOTA: al principio lo mejor será poner tareas que tenga que hacer cuando nosotros podamos estar presentes.
–        Decirle cuándo y cómo esperamos que lo haga y, si es pertinente, abrir un debate con él al respecto: “Creo que lo mejor es que la hagas nada más levantarte.  ¿Qué opinas tú?”.
–        Cada día y durante un tiempo prudencial, cuando tenga que llevar a cabo su nueva responsabilidad, recordárselo: “Buenos días, mi amor, te recuerdo que necesito que hagas tu cama nada más levantarte”.  Será preciso estar “encima” unos cuantos días hasta que lo interiorice.  Mantener la calma y utilizar estrategias no violentas de comunicación: “la cama” (sin más).
–        Cuando lleve a cabo su tarea, no corregir los errores detrás de él ni reprocharle que no lo ha hecho bien sino hacerle ver que valoramos el que lo haya realizado.
–        Si no lo hace, no hacerlo nosotros por él.  Si podemos, hacernos presentes y decirles que estamos esperando a que lo haga: “estoy esperando a que hagas tu cama, tal y como habíamos quedado”.
–        Para aquellas cosas que no ha hecho nunca, será necesario que le enseñemos a hacerlas (para nosotros puede parecer obvio cómo se hace una cama, cómo se tiende la ropa o cómo se pone la mesa, pero para un niño no lo es)
–        Es evidente que muchas tareas al principio nos darán más trabajo del que nos quitarán porque no sabrán hacerlas, tardarán mucho tiempo, lo harán regular...  Paciencia.  Si les hacemos ver que valoramos su esfuerzo y su contribución a la causa familiar irán mejorando poco a poco.
–        Para aquellos niños más difíciles o aquellas tareas que les cuesten más, se puede condicionar el disfrute de algo (paga, wii, cromos, TV...) al cumplimiento de sus obligaciones.  Según la madurez del niño se puede hacer en el mismo día o diferido al cumplimiento de sus responsabilidades a lo largo de una semana.
–        Suele resultar muy útil realizar un cuadrante en el que se recojan las tareas de todos los miembros de la familia, y colocarlo en un lugar visible (la cocina, por ejemplo).  Eso ayuda a ver que todos somos responsables de la marcha de la casa, todos tenemos obligaciones que cumplir y todos pueden confrontarnos nuestra falta de colaboración.  Institucionalizar un momento en el que se pueda ir comprobando la realización de las tareas de todos y cada uno en la familia, puede suponer un aliciente para que todos se sientan llamados a ser cada vez más responsables.

Las responsabilidades nos ayudan a ser responsables.  “Liberar” de obligaciones a nuestros hijos “para que estudien” no les hace más responsables sino menos.  Exigirles su participación en determinadas cuestiones domésticas no les quita tiempo de estudiar, les ayuda a organizarse. 

Espero que estas sencillas ideas os hayan resultado de utilidad.  ¿Cuál es vuestra experiencia con las responsabilidades de los hijos?

lunes, 24 de octubre de 2011

IDEAS PARA AYUDAR A CRECER FELICES: FOMENTANDO EL APEGO

Tal y como comentábamos en la entrada anterior, vamos hoy a tratar de exponer ideas que puedan fomentar y fortalecer un apego seguro en nuestros hijos. Recordando lo dicho la vez pasada, el apego es ese lazo afectivo que conecta al hijo con la madre o cuidador primario y que se establece a partir de las respuestas que da la madre a las necesidades tanto físicas como emocionales del bebé. Este apego, cuando se ha establecido de forma segura, es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con los demás y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá.

Ideas para fomentar un apego seguro con el bebé:

  • Establece todo el contacto físico que sea posible: el sentido del tacto es un potente regulador del estrés y transmite afecto y seguridad. Recuerda, el bebé necesita sentirse seguro para crecer feliz y la mejor manera de transmitir seguridad es a través del contacto físico. Puede ser tenerlo en brazos, sentado en tu regazo, darle un masaje, jugar a revolcarse, hacerle cosquillas (siempre que le agrade) etc.
  • Responde a las necesidades del bebé, tanto físicas como emocionales, de manera sensible y rápida. Si tiene hambre, aliméntalo; si está cansado, duérmelo; si necesita consuelo, confórtalo. Al contrario de lo que se suele creer, un bebé / niño “aprende” a esperar cuando desde el principio ha visto sus necesidades cubiertas; eso le hace tener la confianza en que antes o después llegará la respuesta a su necesidad y por lo tanto, “aprenderá” a tolerar la espera.
  • Permanece disponible para él todo el tiempo que puedas (nota para evitar malas interpretaciones: no dice “todo el tiempo que tengas” sino “todo el tiempo que puedas”): el apego es una relación de afecto y confianza por lo tanto, cuanto más tiempo invirtamos en esa relación, más afecto transmitamos y más motivos demos para la confianza, mejor será el apego. Los niños, en esta primera infancia, necesitan mucha atención; nos guste o no, es así. Estar con ellos, disponibles física y emocionalmente, es fundamental para fomentar un apego seguro.
  • Haz cosas que le gusten: el disfrute compartido es un seguro para la creación de un vínculo estable. Para empezar, tírate al suelo con él. El suelo es el espacio natural de los niños en esta etapa de 0 a 3 años (cuanto más estén en el suelo, mejor podrán estar sentados en la silla cuando sean más grandes). Jugar juntos, ir al parque, leer cuentos, hacer aserrín-aserrán o cucú-tras, son algunas propuestas.
  • Interactúa con tu bebé tanto como puedas: el hecho de que no pueda comunicarse verbalmente no significa que no necesite comunicación. Háblale, léele cuentos aún cuando no los entienda, cántale canciones, hazle “éste fue a por leña...”, jugad frente al espejo etc. Aplaude todo intento de respuesta de tu bebé, es el primer paso para la comunicación verbal.
  • Sintoniza con las emociones de tu bebé: cuando tu bebé esté enfadado, molesto, frustrado... ¡no le juzgues! Limítate a empatizar con su emoción. Aunque parezca que no entiendan, se produce una conexión entre su cerebro emocional y el tuyo y el hecho de sentirse en sintonía le ayudará a recuperar el bienestar. "Veo que estás muy enfadado.  Algo ha debido de pasar para que te sientas así".  Busca en tu experiencia alguna situación que te haya hecho sentir rabia, frustración, enojo... y será más fácil comprenderle.
  • Sé filtro regulador de tu bebé (esta expresión fabulosa, la tomo prestada, de nuevo, de José Luis): es decir, frente a su desbordamiento emocional, dale estabilidad y contención. Los abrazos son maravillosos, porque ponen límites a su malestar y le ayudan a recuperar su equilibrio emocional. A veces, frente a las rabietas de nuestros hijos, los padres respondemos con otra rabieta. Mantengamos el autocontrol, recordemos que los adultos somos nosotros y pensemos que cuanta más serenidad mostremos, mejor ayudaremos a nuestro hijo y antes acabará el episodio.
  • Pon palabras a lo que siente y vive: el bebé no sabe discriminar sus emociones ni interpretar lo que sucede tanto dentro como fuera de sí mismo. Se siente mal y llora. Ofrécele tú las palabras que organicen su malestar: “¡uyyy!, se te ha caído la torre que llevabas haciendo tanto rato y eso te frustra mucho... Yo también me siento mal cuando no salen las cosas como yo quiero... Vamos a ver cómo podemos solucionarlo”. Puede resultar un tanto rimbombante para un bebé de un año, pero la mejor manera de alimentar su inteligencia emocional es atribuir a cada emoción el término preciso que la describe.
  • Y por último y como conclusión, cuando tu bebé reclame atención, préstasela. Tal vez necesite sólo una mirada o unas palabras tranquilizadoras para saber que estás ahí y así sentirse seguro. Si realmente necesita atención y no se la brindas, la acabará reclamando de otra manera quizá más inadecuada o molesta.

    Todo lo dicho anteriormente, vale también para niños más grandes, adaptándolo, lógicamente, a su edad, madurez e intereses (los juegos de un bebé no son los de un niño de 5 años). Además, para aquellos niños que puedan tener apegos poco seguros (niños con dificultad para aceptar los límites, pobre autocontrol, inseguros, retraídos, desafiantes etc.), recomendaría varias cosas de cara a fortalecer el apego:

  • Jugar a “dejarse caer”: es un juego al que todos hemos jugado alguna vez. Se trata de colocarse detrás del niño, muy cerca de él, y pedirle que se deje caer como si fuera una tabla, asegurándole que le recogeremos. Y, evidentemente, cuando se deje caer, recogerlo. A medida que va ganando confianza, alejarse del niño (avisándole previamente) para que el recorrido sea mayor. Dos o tres minutos al día de este juego tienen resultados asombrosos.
  • Dormir con él: sé que suena, cuando poco, heterodoxo pero las investigaciones muestran que cuando dormimos con alguien liberamos una sustancia en nuestro cerebro que produce apego. De hecho, para niños con problemas de conducta o con algún tipo de carencias, se prescribe como indicación terapéutica. ¡Ojo!: hay personas a quienes esto les desagrada y tampoco hemos de hacer aquello que nos produce rechazo. No hay por qué meterse al niño a la cama o quedarnos en la suya toda la noche si no nos sentimos cómodos haciéndolo, pero siempre se pueden compartir otros momentos de sueño como las siestas, que tal vez sean más aceptables para algunas familias.
  • Ver con él fotos de cuando era pequeño y hablar de esa etapa: también sirve sacar juguetes o ropa de cuando era bebé y expresar las emociones que nos evocan esos recuerdos.
  • Dejarle notitas con mensajes positivos o con dibujos de caras sonrientes o corazones para que las vea al despertar: el dormirse pensando que mamá o papá se tomarán tiempo para hacerle una nota en que le digan cuánto le quieren tiene efectos altamente beneficiosos en su seguridad personal.
  • Hacerle una “pulsera del cariño” (puede ser con hilo, con un lazo, con cintas de colores...): con mucha solemnidad y en un tono de complicidad le decimos que es una pulsera especial que guarda todo el cariño de mamá y que tiene el poder de hacer que se sienta bien. Así, cuando se sienta solo, triste, enfadado... y mamá no esté para ayudarle, puede mirar la pulsera y acordarse de cuánto le quiere mamá y cuánto desea darle un abrazo.

Esto son sólo algunas ideas. Recordemos que el apego es una relación de afecto y confianza y que lo más importante es dedicar tiempo a cultivar esa relación. Si cuando los hijos son pequeños nos tomamos el tiempo para hacerlo, cuando vayan siendo mayores se convertirán en personas equilibradas, colaboradoras, con autocontrol, con una buena autoestima, con competencia social y cognitiva y, sobre todo, capaces de ser felices.

martes, 9 de agosto de 2011

AUTORIDAD, AMENAZAS Y COHERENCIA

Hace unos días tuve ocasión de presenciar el siguiente diálogo entre una madre y su hija de seis años. La mamá quería que la niña se bajase de un columpio y la niña no quería hacerlo:

-  Que te bajes, te digo.
-  No quiero.
-  Llevas ahí desde que hemos llegado, y ya está bien.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque lo digo yo.
-  No me voy a bajar.
-  Te vas a bajar porque soy tu madre y me tienes que respetar.
-  Eres mi madre pero no te voy a respetar.
-  ¿¿??
-  No te voy a respetar, porque me mientes.
-  ¡¿Que yo te miento?!
-  Sí, porque me dices que me vas a hacer cosas que luego nunca haces...


Ahí es nada. Se puede decir más alto pero no más claro. Veinte manuales de educación no lo podrían haber explicado mejor y en menos palabras. Ahondando en la relación, resulta que la madre recurre frecuentemente a amenazar a la niña para que obedezca y las amenazas nunca se cumplen. Por eso, la niña dice que la madre “miente”. Y por eso, la madre, pierde credibilidad y autoridad frente a su hija.

La amenaza es un recurso al que los padres recurrimos antes o después cuando queremos conseguir la obediencia de nuestros hijos y no se nos ocurre otra estrategia más eficaz. Además, a medida que vemos que no va a surtir efecto, engordamos la amenaza hasta llegar a decir cosas que estamos totalmente seguros de que no vamos a llevar a cabo. Valgan los siguientes como ejemplos (seguro que a vosotros se os ocurren muchos más):

  • “Como sigas así no volvemos nunca más a casa de los abuelitos”(?)
  • “Si no te montas ahora mismo en la bici, se la regalo al primer niño que me encuentre”(?)
  • “Como no dejes de portarte mal en la playa hago la maleta y nos vamos a casa pero ya”(?)
  • “Si no haces lo que te digo te prometo que vas a estar un mes entero sin tele”(?)
  • “Si no recoges ahora mismo tus juguetes, los tiro todos a la basura”(?)
  • “Como vuelva a ver la ropa tirada, no te compro ropa nunca más”(?)
  • “Como no dejes de hacer el tonto, el año que viene no celebramos tu cumpleaños y punto” (?)

Resulta más que evidente que la mayoría de estas aseveraciones nunca se verán cumplidas: ¿seguro que nunca vamos a volver a visitar a los abuelos?; ¿de verdad que estamos dispuestos a regalar la bici del niño a un desconocido, sólo por despecho?; ¿damos por finalizadas las vacaciones, después de tener el apartamento pagado hasta dentro de una semana, porque el niño hoy está caprichoso?; ¿aguantaremos un mes entero sin recurrir a ponerle la tele? (esto no sé si resulta peor castigo para el niño o para algunos padres); ¿en serio vamos a tirar todos sus juguetes a la basura (como si no costaran)? ¿estamos seguros de que va a andar toda la vida – o al menos hasta que alcance independencia económica- con ropa de la talla 10? ¿realmente estamos decididos a no celebrar su próximo cumpleaños?

La mayoría de las veces, ante una conducta no deseada, oposición o desobediencia de nuestros hijos, nos vamos enfureciendo lentamente, la impotencia y el enojo se apoderan de nosotros subiéndonos desde las entrañas a la garganta, la boca se nos calienta y espetamos “aquello” que, en ese momento, desearíamos que pasara (¡a la basura los juguetes!). Sin embargo, si lo pensáramos durante unos larguísimos digamos... cinco segundos, llegaríamos a la conclusión de que “aquello” tan tremendamente tremendo no lo vamos a llevar a cabo. Bien, pues esos cinco segundos, son nuestro pasaporte a la autoridad. Esos cinco segundos de contener a la fiera que llevamos dentro, mordernos la lengua, cerrar la boca y activar la parte más racional del cerebro (o sea, tener y mostrar autocontrol), son la salvaguarda de la credibilidad frente a nuestros hijos, el salvoconducto que nos protege frente a la acusación de “mamá, me mientes” (o sea, no te voy a respetar -ni a confiar en ti, ni a obedecer...- porque no cumples lo que dices). Sólo cinco segundos para ganar autoridad o para perderla.

La coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos resulta fundamental para obtener autoridad frente a nuestros hijos. La autoridad, que en según qué círculos parece tener mala prensa, se define según el diccionario de la Real Academia de la Lengua como el prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia. Es decir, se trata del prestigio y la confianza que nos reconocen nuestros hijos como educadores competentes. No es algo que se imponga sino que es algo que se otorga; que nos otorgan, en este caso, nuestros hijos como consecuencia de haberles demostrado capacidad, actitudes y aptitudes valiosas para poder educarles. Y para ser dignos acreedores de la confianza de nuestros hijos, es decir, para ganarnos esa autoridad, es imprescindible, entre otras cosas, que nuestros hijos perciban coherencia, congruencia, integridad entre nuestros dichos y nuestros hechos.

Ofrezco, a continuación, unas sugerencias prácticas para que la comunicación con nuestros hijos nos haga ganar autoridad frente a ellos (y no perderla):


  • Nunca debemos decir aquello que no estemos seguros de llevar a cabo. Los niños saben que es irrealizable y la repetida constatación de que, efectivamente no hacemos lo que decimos, hace que el temor que pretendemos infundirles para conseguir su obediencia se esfume (¡sí, claro, que vas a regalar mi bici, cuántas veces lo has dicho y nunca lo has hecho!).

  • Siempre que anunciemos que va a haber ciertas consecuencias, es importante ser fieles a la palabra dada. Tanto para lo bueno como para lo malo. Si yo digo que después de hacer la tarea vamos al parque, tenemos que cumplir e ir al parque. Y si digo que si no acabas la tarea a tiempo no te puedes bañar en la piscina, también hay que cumplir y no ceder ante ruegos, protestas o nuestra propia comodidad (a veces resulta más fácil ceder que aguantar el enojo del niño).

  • La amenaza y el castigo, han de ser los últimos recursos educativos. Además de ser estrategias que pueden encerrar cierta dosis de violencia (¿a alguno de nosotros nos gusta que nos amenacen para que desarrollemos nuestro trabajo o seamos amables?), cuanto más se usen más ineficaces se vuelven. La motivación, el estímulo y ciertas técnicas de comunicación no violenta serán mucho más útiles.

  • Cuanto más dramáticas sean las consecuencias que planteemos, menor será su eficacia porque el niño sabe que resultarán irrealizables. Sabe que, por muy enfadados que estén sus papás, y por mucho que digan, antes o después volverán a visitar a los abuelos, así que puede seguir subiéndose por los sillones impunemente.


Sé que el tema da para mucho y que esto es apenas un aperitivo. Cómo corregir conductas, cómo lograr la colaboración de nuestros hijos, cómo poner límites de manera eficaz... son cuestiones en las que nos jugamos la autoridad frente a ellos y que con unas cuantas estrategias podemos manejar de manera satisfactoria. Éstos y otros asuntos, los abordaremos en próximas entradas. Mientras tanto, podéis dejar vuestros comentarios, sugerencias o preguntas respecto a este tema de la autoridad y la coherencia. Feliz verano.

martes, 12 de julio de 2011

NO ESCUCHA

“¡Bájate de ahí que te vas a caer!”, “¡date prisa que llegamos tarde!”, “¿has recogido los juguetes?”, “no pongas los pies encima del sillón”, “¡deja esa porquería donde estaba!”, “¡¿pero cómo te has puesto, cochino?!”, “¡pon la mesa!”, “¡que vengas ahora mismo que te he dicho que nos vamos!”, etc., etc., etc. Lo cierto es que los padres dedicamos un montón de tiempo y energías a decirles a nuestros hijos lo que tienen que hacer o dejar de hacer y nuestra sensación, en muchas de esas ocasiones, es que no nos escuchan. O que hacen como que no escuchan, deducción evidente a la que llegamos tras comprobar que hacen caso omiso a nuestras palabras y que hay que repetirles las cosas veinte veces. Agotador.


La verdad es que hay ocasiones en las que los niños realmente no escuchan y otras en las que hacen como que no. Pongo dos ejemplos:


Situación número 1.- Nuestro hijo de cinco años está hipnotizado frente a la TV viendo sus dibujos favoritos. Luego diremos que tiene problemas de concentración, pero lo cierto es que está absolutamente entregado a la tarea de ver la tele. Nada de lo que ocurra a su alrededor es tan importante como conocer los avatares de sus personajes fantásticos (o sea, está concentrado en algo, punto a su favor). Si desde la cocina gritamos “¡ven a cenar!” es casi seguro que no nos escuche. Su sistema auditivo y su cerebro entero están dedicados a los dibujos, así que no hay neuronas disponibles para captar otros mensajes.


Situación número 2.- Nuestro hijo de cinco años está jugando con sus amigos en el parque, a la salida del cole. Trepa por los columpios, coge ramas, se reboza por la arena, corre, suda, la camiseta se le sale de los pantalones... en definitiva, se lo está pasando bomba a la manera en que un niño de esa edad disfruta (si lo tuviéramos que hacer nosotros sería una tortura pero para ellos es una actividad absolutamente deliciosa). Es la hora de irse a casa para bañarse y cenar. Cuando pasa cerca de nosotros, aprovechamos para decirle “¡Carlitos, nos vamos a casa!”. Tal vez incluso se nos escape un “¡ay madre, cómo te has puesto!”. En esta circunstancia es posible que nos oiga y hasta que nos escuche pero la propuesta que le ofrecemos frente a tanta diversión es poco tentadora. Carlitos sabe que cuando venga le diremos que está sudando, que se suene los mocos, que cómo va, que hay que sacudirse los zapatos, que menudas manos, que las piedrecitas, ramas y piñas no vienen con nosotros etc. Visto así, es fácil entender por qué hace como que no escucha.


Si queremos que nuestros hijos nos escuchen y, además, nos hagan caso, algo hay que debemos de cambiar en nuestra manera de comunicarnos con ellos. Es cierto que cuanto antes empecemos a comunicarnos con ellos de este modo, más fácil lo tendremos cuando se vayan haciendo mayores. Como todo, el crear un nuevo modo de relación es algo que lleva un tiempo y no podemos esperar que de la noche a la mañana se obre un milagro. No obstante, ofrezco algunas ideas que pueden ayudar para que nuestros hijos nos escuchen y nos hagan caso sin tener que decirles las cosas veinte veces:


1.- Si los niños son muy pequeños, desde luego ha de ser así con los menores de tres años pero puede ser conveniente o necesario hasta los seis, no podemos esperar que venga. Hay que ir a donde esté. Si está profundamente entregado a la tarea, será preciso que nosotros nos impliquemos un poco en ella para hacerle consciente de nuestra presencia y para tenderle un puente hacia la nueva actividad. “A ver qué estás haciendo... ¡uy, que mariquita tan bonita!, ¿le has puesto nombre?”...


2.- Nuevamente, en el caso de niños pequeños, además de ir a su encuentro e interesarnos por aquello que capta su atención puede ser bueno, para facilitarle el cambio de actividad, llevarnos algo de aquello con lo que esté jugando: “Esta piña es preciosa, nos la podemos llevar”.


3.- Si, por el temperamento de nuestro hijo y por la experiencia que tenemos en su crianza, sabemos que va a hacer una gran rabieta cuando le digamos que tenemos que cambiar de actividad, tal vez no sea imprescindible decírselo en ese momento. Vamos junto a él, miramos la mariquita, cogemos la piña, le damos conversación y le llevamos de la manita mientras hablamos de lo que ha estado haciendo y lo bien que se lo ha pasado.


4.- No le digamos las cosas hasta que no estemos realmente seguros de que queremos que lo haga. Me explico: estamos en el parque, nuestro hijo juega con sus amigos y nosotras charlamos con las mamás. Como va siendo hora de marcharse, le decimos al niño “¡Carlitos, ven, que nos vamos a casa!”. Resulta que Carlitos viene, todo obediente, pero nosotras estamos a medias de una anécdota buenísima y no hacemos el más mínimo ademán de marcharnos. Así pues, nuestro hijo recibe el mensaje de que lo de irse a casa no era algo inmediato. Cuando nos damos cuenta de que el niño se ha ido, lo volvemos a llamar pero, en lo que regresa hemos iniciado otro tema de conversación y la situación se repite. De esta manera nuestro hijo aprende que desde que le decimos que nos vamos hasta que realmente nos vamos pasa un rato, con lo cual para las siguientes ocasiones esperará a que se lo digamos varias veces antes de hacer caso.


5.- En el caso de que esté viendo la tele o jugando a un juego electrónico, lo mejor es ir donde está y pedirle que deje de jugar o ver la tele mientras le hablamos. Es necesario que ponga toda su atención en lo que le estamos diciendo y si está haciendo otra cosa mientras, es muy probable que no se entere de lo que le hemos dicho. Es posible que le digamos “¡a cenar!” y diga “¡vale!”, pero realmente no ha registrado el mensaje. A todos nos ha pasado que nos dicen algo cuando estamos enfrascados en otro asunto y nos cuesta acordarnos de lo que nos han dicho.


6.- No gritar. El grito comunica enfado pero también eclipsa el mensaje que queremos que nuestro hijo reciba. Es probable que ante nuestro grito entienda que estamos muy enfadados pero tal vez no sepa lo que le estamos diciendo. Las cosas se pueden decir firmemente pero sin gritar.


7.- Darle tiempo para responder y actuar. Todos necesitamos tiempo para registrar lo que nos dicen y movilizarnos; si la actividad en la que está implicado es demasiado interesante, tal vez necesite algo más de tiempo para desconectarse de lo que hace y ponerse a hacer lo que nosotros le pedimos. No marcharnos, permanecer junto a él o frente a él y no perder el contacto visual son medidas eficaces para que sea consciente de que esperamos algo de él. Pasado un tiempo prudencial, podemos añadir: “Cariño, te he pedido algo que estoy esperando que hagas”.


8.- No repetir las cosas. La repetición, en contra de lo que pudiera parecer, resta fuerza y eficacia al mensaje y aburre tanto al que la pronuncia como al que la escucha. Si tu hijo sabe que le vas a decir veinte veces que venga porque nos vamos a casa, y que sólo a la vez número veintiuna te lo vas a tomar suficientemente en serio como para que efectivamente haga lo que le pides, esperará a que se lo digas ese número de veces para hacerte caso. Es más útil pedirle que te repita lo que has dicho (“¿has entendido lo que te he dicho?”) y señalarle que sabes que ha captado el mensaje y que no piensas volver a repetirlo: “Ahora que sabes lo que quiero que hagas, no voy a volver a repetirlo”. Y, nuevamente, espera a que lo haga.


9.- No emplear preguntas retóricas. Las preguntas del tipo “¿Cuántas veces tengo que decirte que recojas los juguetes?” no sirven para nada, resultan muy molestas y le enseñan a utilizar el lenguaje de forma perniciosa. En lugar de eso es preferible utilizar frases directas como las señaladas en los puntos anteriores.


10.- Asegurarnos de que cuando hace lo que le pedimos, nos mostramos agradecidas y le elogiamos por su comportamiento. Volviendo al parque, si cuando llega junto a ti le sueltas una cascada de reproches (“cómo te has puesto”, “límpiate esos mocos”, “suelta esa porquería”, “ahora mismo te meto en la bañera” etc.) le será difícil venir a tu lado cuando se lo pidas. En lugar de eso, cuando venga interésate por lo que ha estado haciendo y plantéale lo que tenéis que hacer de manera que le resulte atractivo o cuando menos, llevadero: “Qué bien te lo has pasado... Estaba pensando que cuando lleguemos a casa le podemos contar a papá lo de la mariquita y que podíamos bebernos un zumo con esa pajita tan chula que tienes”, “¡qué rico mi niño y qué obediente, que en cuanto se lo dice mamá, viene corriendo!"(aunque sea una verdad “a medias”). Si es un niño más mayor, se lo puedes decir de otra manera, igualmente eficaz: “Gracias, hijo, me resulta de gran ayuda que colabores”.




Estas son algunas sugerencias para tratar de que nuestros hijos nos escuchen y nos hagan caso sin “morir en el intento”. ¿Cuál es vuestra experiencia con respecto a este tema?




martes, 7 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (II)

Como anticipamos en la anterior entrada el éxito del “portarse bien” está estrechamente ligado a las expectativas que tenemos acerca de lo que ello significa y de cómo se las comunicamos a nuestros hijos. Para conseguir que los niños se “porten bien” en un sinfín de situaciones potencialmente complicadas, propongo estas sugerencias:


  • Lo primero que hay que matizar es que, dependiendo de la edad y madurez del niño, la exigencia sobre aquellos aspectos que implican “portarse bien” será muy distinta. No podemos esperar lo mismo de un bebé, un niño de tres años o uno de ocho, así como tampoco podemos esperar que todos nuestros hijos sean iguales o se porten igual que el hijo del vecino, sencillamente porque son diferentes. A cada uno tendremos que exigirle según lo que pueda dar. No se trata de no ponerle límites o no educarlo; se trata de acomodar la exigencia a la madurez de cada cual.
  • Muy relacionado con este punto está la cuestión de las expectativas que tenemos acerca de lo que podemos esperar de nuestros hijos, para adecuarlas a la realidad: si nuestro hijo de tres años es movido e inquieto, pedirle que durante toda la comida en el restaurante esté callado y sin moverse, es casi como pedirle un milagro. Ajustemos nuestras expectativas para no sentirnos permanentemente frustados.
  • Anticipar: los mayores sabemos qué es una sala de espera de un dentista, cuánto dura una comunión o qué vamos a hacer en un supermercado. Los niños no; incluso de una vez a otra se les olvida. Cuando vayamos a realizar alguna actividad particular que requiera que “se porte bien”, expliquémosle cuál va a ser la situación que va a vivir. Por ejemplo: “vamos a ir al dentista y antes de entrar estaremos un rato en un salón, con unos sillones, donde habrá más personas esperando; cuando nos llamen, entramos al dentista”.
  • Explicarles detalladamente lo que esperamos de ellos, es decir, aquellas cosas que queremos que hagan o que no hagan para “portarse bien”. En la medida de lo posible, intentaremos decirles aquello que SÍ tienen que hacer, en lugar de señalarles lo que NO tienen que hacer. Por ejemplo, “quiero que estés sentado junto a mí (o aúpa de mamá) y que camines de mi mano” será mucho más claro para él que “no corras porque ya sabes que aquí hay que portarse bien”. Además podemos introducir elementos para convertir la espera en algo parecido a un juego: “en la sala de espera del dentista tenemos que hablar como si estuviéramos contándonos secretos, para que no se entere nadie” (en lugar de “¡que no griteeees!”).
  • A veces, podemos hacerlos a ellos partícipes para que digan lo que se les ocurre que podemos hacer. Generalmente suelen tener buenas ideas, si les preparamos el terreno; por ejemplo: “en este sitio va a haber gente que quiere estar tranquilita... ¿qué se te ocurre que podemos hacer para no molestarles y que todos estemos a gusto?”. Muy posiblemente diga cosas del tipo “no gritar”, “no correr”, “no jugar”..., a lo que contestaremos efusivamente “¡qué buena idea! Si a alguno de los dos se le olvida lo que tiene que hacer, el otro se lo recuerda, ¿vale?”. Obviamente, cuando llegue el momento de recordarle que no había que gritar, se lo diremos con tacto, sin regañar, como si se hubiera vulnerado un pacto de complicidad entre ambos.
  • Prevenir: cuando un niño está molesto, molesta a los demás. Si le vamos a exponer a una situación que puede ser muy aburrida, lo mejor es prevenir su aburrimiento llevando algún juguete o cuento. “He traído tu muñeco favorito; puedes jugar con él aquí” (y le señalamos un espacio, por ejemplo, el asiento del sillón). Si la espera va a ser larga, tal vez haya que introducir más de un elemento de distracción (cuaderno, pinturas etc.)
  • El hambre y la sed son campos abonados para “portarse mal”. Cuando un niño pequeño está hambriento o sediento no lo expresa igual que un adulto, simplemente se empieza a sentir cada vez más incómodo e incomoda a quienes estén cerca. Si creemos que en el intervalo en el que queremos que se “porte bien” puede tener hambre o sed, podemos meter en el bolso alguna galleta y una botellita de agua.
  • El sueño y el cansancio son los peores enemigos del “portarse bien”. Si podemos evitar exponerlo a una de estas situaciones cuando esté muy cansado, él y nosotros lo agradeceremos. Si resulta inevitable llevarlo, hagámonos a la idea de que no podemos esperar gran cosa de él en este momento, y no nos enfademos ni nos hagamos mala sangre.
  • Una vez finalizada la situación, felicitarle por lo que ha hecho bien, ignorando lo que ha hecho mal: “¡me encanta cómo has estado sentado junto a mí, jugando sin alborotar!, te lo agradezco muchísimo, eres un sol” (y le damos un beso), “seguro que la gente ha estado a gusto y ha pensado que eres muy educado”, “¡qué bien me lo he pasado contándonos secretos!”. Eso le reforzará su autoestima haciéndole sentir que es un niño agradable, capaz de hacer ciertas cosas adecuadamente y le animará a seguir con ese tipo de actitud.
  • Remarcar lo anterior, expresando que todo eso que ha hecho significa “portarse bien”: “¡qué bien te has portado estando sentado tanto rato y hablando bajito!”. A partir de estos comentarios, podrá ir interiorizando lo que quieren decir su padre o su madre cuando hablan de “portarse bien”.


Pensemos que es cuestión de tiempo y madurez; si cuando son pequeños les hacemos estos momentos más llevaderos, cuando sean más grandes tendrán recursos para saber “cómo portarse bien” y sabrán que son capaces de afrontar la situación, sintiéndose orgullosos de portarse “como niños mayores” aunque se aburran un poco.

jueves, 2 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (I)

¡La de veces que habremos dicho esto...! Se me ocurren bastantes situaciones con visos potenciales de que acaben “como el rosario de la aurora” en cuanto a comportamiento infantil se refiere. La sala de espera del médico, la comunión de la prima, una reunión con la tutora, la compra en el súper, una comida en un restaurante, una visita y un largo etcétera. Creo que todos sabemos lo frustrante que es que el niño dé la nota y monte el numerito en el momento más inoportuno. Además, parece que nada de lo que hagamos en ese momento arregla las cosas sino que, antes bien, las empeora: ordenarle al niño lo que tiene que hacer, decirle con enfado lo mal que se está portando, pedirle por favor que se comporte, reprocharle que actúa como un bebé, amenazarle con la pérdida de no-sé-cuántos privilegios... El repertorio de recursos para ver si el niño se enmienda tiende a infinito y el resultado de que mejore su comportamiento, a cero.

Definitivamente algo hay que no funciona en lo que a “portarse bien” se refiere porque los niños entienden una cosa y los padres otra bien diferente. Cuando nosotros a nuestros hijos les decimos que “hay que portarse bien” tenemos muy claro en nuestra cabeza qué implica eso: estar callados y quietos, saludar cuando lleguemos, despedirnos cuando nos vayamos, no gritar, no correr, ser amables, no hacer rabietas, decir por favor y gracias, no interrumpir a los mayores, no tirarse por el suelo, no tocar las cosas... Sin embargo, los niños no acaban de saber a qué nos referimos los mayores cuando hablamos de “portarse bien”; ellos se portan, sencillamente, como niños, sin capacidad para discernir que la iglesia no es el parque o la sala de espera del dentista no es su casa. Algunas veces, les castigamos o reñimos a posteriori porque “no se han portado bien” en tal o cual situación y para colmo de males, en algunas ocasiones en las que han estado intratables, les preguntamos “¿cómo crees que te has portado?” y contestan convencidos “¡muy bien, mamá!”.

Hemos de tener en cuenta que dentro del concepto “portarse bien” se engloban comportamientos muy diferentes, a veces, incluso, contrapuestos. No es lo mismo “portarse bien” en el parque, en el cole, en casa, en casa de un amiguito, en el médico, en el mercado, en la iglesia, en un restaurante... Por ejemplo, es probable que en la consulta del médico el niño se tenga que desnudar, y requeriremos que “se porte bien” y se deje desvestir sin protestar, pero desnudarse en otro lugar, digamos el súper, no está igual de bien visto... Desde luego, si se le ocurre lucir sus encantos en plena calle no le aplaudiríamos precisamente por “portarse bien”, cosa que sí haríamos tras su colaboración en el médico. Conclusión que saca el niño: desnudarse... ¿está bien o mal? Lo mismo se puede decir de trepar por los juegos del parque o por los muebles del salón de la tía Rita o el delicado equilibrio entre “estar calladito” y “contestar cuando te hablen”.

Después de lo dicho, resulta fácil entender que esos “pórtate bien” o “¡qué mal te has portado!” resultan tremendamente confusos para nuestros hijos, que no saben exactamente a qué nos referimos cuando los proferimos con tono enérgico y a menudo enojado. Les resuenan ambiguos, desconcertantes y les generan inseguridad pues un comportamiento que un día y en un lugar son adecuados, encienden la ira materna o paterna si las circunstancias cambian. La solución pasa entonces por definir qué conductas concretas conlleva cada “pórtate bien” según el momento y el lugar.

A veces, a los mayores, se nos olvida que los niños son pequeños y no entienden el por qué de las cosas, no saben calcular el tiempo, no comprenden lo que sucede, se aburren... Generalmente un niño pequeño no se “porta mal” porque quiera fastidiar a su madre o a su padre, sino simplemente porque no puede “portarse bien”: la situación le supera, el aburrimiento le reconcome y no tiene la madurez suficiente como para controlar su malestar y esperar pacientemente quieto y callado hasta nueva orden. Somos nosotros, como adultos, quienes tenemos que comprender con inteligencia qué le puede pasar, cómo prevenir su malestar y cómo manejarlo en caso de aparición, sin reprocharle ni castigarle por comportarse, sencillamente, como un niño de su edad.

Me gustaría subrayar que, cuando vayamos a exponer a nuestro hijo a una situación que prevemos que para él va a ser difícil de sobrellevar y queremos que se “porte bien”, pensemos que él no ha pedido encontrarse en esa circunstancia sino que somos los adultos los que le llevamos y los que esperamos de él una serie de actitudes y comportamientos. Actuemos, pues, como adultos, entendiendo que ellos son niños y necesitan nuestra ayuda para crecer.

En la próxima entrada, hablaremos sobre estrategias prácticas para ayudar a los niños a “portarse bien”.


lunes, 11 de abril de 2011

EN EL COLE SÍ Y EN CASA NO


Suele ocurrir a veces que los padres comentan que los niños en el cole hacen determinadas cosas que en casa no hacen. La lista puede ser larga pero valgan como ejemplos los siguientes: “en el cole come fruta y en casa no”; “en el cole recoge y en casa deja todo tirado”; “en el cole se está quieto y en casa no hay quien le pare” etc. En los padres puede generar desconcierto, frustración o sentimiento de que el niño les toma el pelo, están perdiendo autoridad o no se hacen con la criatura. Se pueden sentir culpables y pensar que están haciendo algo mal.

Si no hay otros indicadores de alarma, la cosa probablemente no sea grave. Si nos ponemos a pensar en nosotros mismos, no será difícil llegar a la conclusión de que los adultos también nos comportamos de forma diferente en casa y en el trabajo. Por ejemplo, a nuestra pareja le hablamos de manera diferente a como hablaríamos a un compañero; un alimento que no nos agrada y en casa no cocinamos nos lo comeremos sin dudar si es nuestro jefe quien nos invita a comer.

Sé que muchas veces es frustrante sentir que con un desconocido se portan aparentemente mejor que con sus propios padres y además suele ser frecuente tener que escuchar opiniones ajenas sobre por qué ocurre eso (“se te está yendo de las manos”, “le faltan límites”, “si eso lo hace con 3 qué hará con 13” etc.) Sin embargo, y aunque parezca algo paradójico, hay que tomárselo como una buena señal pues constituye un indicador de que entre el hijo y los padres existe un buen vínculo. Cuando un niño se siente seguro e incondicionalmente amado, sabe que puede “relajarse”, mostrarse tal y como es o remolonear ante algo que no le apetece (como hacemos casi todos). En el cole, el temor a perder el afecto de la profe o a ser castigado, hace que sienta que tiene que “dar la talla” y portarse bien. Es un signo de que el niño diferencia entre su papá y su mamá y el resto de los adultos: manifiesta confianza en sus papás porque sabe que le amarán siempre, se porte bien o mal, cosa que no ocurre con la profe. Este vínculo y esta relación de apego con los padres constituye el cimiento de una personalidad sana y equilibrada y es muy importante para el desarrollo de su autoestima y la confianza en sí mismo.

En cuanto a cómo hacer para que en casa también coma fruta, recoja sus cosas y no haga trastadas es necesario darle tiempo para madurar y tener paciencia. También pueden ser útiles algunas estrategias prácticas para lograr su colaboración sin más desgastes de los necesarios.  Pero de eso hablaremos otro día.