Mostrando entradas con la etiqueta autoestima. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autoestima. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de julio de 2013

LA IMPORTANCIA DEL CONTACTO FÍSICO PARA EL BEBÉ



Preparando una próxima publicación sobre el impacto neurológico del abandono, me he reencontrado con los famosos experimentos de Harlow acerca de las necesidades de los monos rhesus recién nacidos. En su experimento, Harlow toma a un monito recién nacido y lo coloca en una jaula con una mamá mono de felpa y con una mamá mono de alambre. La madre de alambre tiene biberón, mientras que la de felpa no presenta modo alguno de alimentar al bebé. ¿Con quién diríais que prefiere estar el bebé?





 
El bebé se decanta sin ninguna duda por la madre de felpa y sólo cuando le acucia el hambre acude a la madre de alambre para alimentarse. ¡Algunos de estos monos incluso fueron capaces de alcanzar el biberón sin llegar a perder contacto físico con la madre de felpa, agarrándose a ella por los pies! Los monos llegaban a pasar hasta 22 y 23 horas al día con su madre de felpa quien, a pesar de no ser capaz de alimentarlos, les ofrecía la seguridad que necesitaban a través del contacto físico.

Podemos imaginarnos, entonces, hasta qué punto los bebés humanos necesitan del contacto con su madre para su bienestar. Lo que no es tan fácil de imaginar es el tremendo efecto que posee la falta de dicho contacto en la organización neurológica de los bebés y las devastadoras consecuencias que tiene para el bebé a nivel físico, emocional, cognitivo y social, a medio y largo plazo.

Esta estimulación táctil que ofrece el regazo materno, junto con la estimulación vestibular que proporciona la madre a través del movimiento (y que Harlow también evidenció en otro experimento) es imprescindible para el adecuado desarrollo de estructuras cerebrales clave en el desarrollo, el aprendizaje, la atención, la estabilidad emocional y la competencia social y así lo evidencian un buen número de estudios científicos.

La conclusión no puede ser más clara: mamás, papás, tomad en brazos a los niños, achuchadlos, besadlos, acunadlos, mecedlos, cantadles nanas, jugad con ellos, sonreídles, llevadlos en fulares o portabebés, dormid con ellos, ignorad con elegancia a quienes dicen que se malacostumbrarán... Está en juego su desarrollo cerebral, su equilibrio psico-afectivo y su felicidad.



jueves, 8 de noviembre de 2012

LA AUTOESTIMA DE LOS HIJOS: EL ELOGIO


Una de las actividades de mi trabajo profesional, con la que -dicho sea de paso- disfruto muchísimo, es la escuela de padres. Durante estas semanas estoy yendo a un colegio en las afueras de Madrid en el que tengo un grupo que es una joya: son quince mamás motivadas, implicadas y muy participativas que comparten, confrontan, cuestionan, reflexionan y trabajan acerca de diversos temas relacionados con la dinámica familiar. En estas dos últimas semanas hemos hablado sobre la comunicación en la familia y sobre la autoestima de los hijos. Como veo que sus bolis y sus cabezas echan humo y que tanto ellas como yo, a pesar de estirar las dos horas que tenemos, nos quedamos con la sensación de que nos falta tiempo, he decidido dedicar algunas entradas a completar los temas que trabajamos. Así que mamás de la Escuela de Padres, ¡va por ustedes!


Un arma de doble filo

El elogio constituye una poderosa arma para favorecer la autoestima de los niños. Pero puede ser un arma de doble filo, si no lo utilizamos de la manera adecuada. Si nuestros elogios son excesivamente generales, exagerados o están envenenados, pueden surtir el efecto contrario.

Me explico: Si un niño viene a enseñarnos su dibujo y le decimos “muy bien, muy bonito”, es posible que el niño se sienta evaluado o que incluso perciba que lo decimos de manera automática sin habernos tomado el tiempo ni la molestia de analizar el resultado de su esfuerzo. A veces, incluso, puede pensar que lo decimos para que se vuelva a ir por donde ha venido.

En cuanto al elogio exagerado, si ante este mismo caso le decimos “¡qué dibujo tan increíble, eres el mejor pintor del mundo!”, puede pensar que en su clase hay niños que dibujan mucho mejor, que lo decimos con segundas o puede provocar una negativa (“el mejor pintor del mundo, ¡si lo he hecho deprisa y corriendo!”)

Por lo que respecta al elogio envenenado, me refiero a cuando utilizamos un piropo para lanzar una pulla, por ejemplo “¡qué bonito dibujo! ¡ya podías esmerarte igual en recoger la habitación...!”


El elogio efectivo

Así que, teniendo en cuenta que la comunicación es la única manera que tenemos de transmitir a los hijos lo que sentimos y pensamos sobre ellos, y de que el elogio supone una inestimable herramienta para potenciar su autoestima siempre que la utilicemos de una manera adecuada, vamos a dar algunas pistas sobre cómo elogiar:

  • Describe lo que ves, con cierto entusiasmo y estimación.
  • Expresa cómo te sientes.
  • Pon palabras a lo que puede experimentar el niño.


Ejemplo: Llega nuestro hijo con un dibujo y, ante el Picasso en ciernes exclamamos: “Veo que has hecho un montón de círculos de diferentes colores, unos más grandes y otros más pequeños... Además, has combinado varios colores. Me encanta el dibujo, me resulta muy alegre. Imagino que te ha llevado un rato hacerlo”.

Otro ejemplo: Vemos que nuestra hija preadolescente, poco amante del orden en su habitación, se ha hecho la cama. Lejos de soltar una ironía, sería mucho más efectivo decir algo de este tipo: “Veo que te has hecho la cama, cosa que me alegra mucho y te agradezco, aunque supongo que te habrá costado tu esfuerzo”.


¿Cuál es la ventaja de este tipo de elogio? Por una parte, los niños no se sienten evaluados (lo han hecho bien, mal, bonito, feo, lo cual puede significarles que son buenos, malos, regulares...). Por otra, reciben el mensaje de que nos tomamos tiempo suficiente como para analizar su trabajo y su esfuerzo, es decir, que ellos y lo que ellos hacen, nos interesa. Con esto lo que conseguimos el devolverles un feedback más o menos objetivo de su acción y que sean ellos mismos quienes valoren su trabajo y “se elogien” a sí mismos: Si soy capaz de hacer algo valioso es porque yo mismo soy alguien valioso. Por último, será un fuerte estímulo para repetir lo que está bien, incluso para mejorar. Este aspecto es tan importante que, a veces, cuando nos enseñan algo que no acaba de estar bien realizado, el hecho de fijarnos en lo positivo y señalarlo, actúa como indicador y aliciente para que corrijan lo que está mal sin necesidad de decírselo. En el ejemplo de la cama, si añadimos un “veo que por esta parte, además, no tiene ni una arruga, con lo difícil que es conseguir eso”, seguramente la próxima vez se esfuerce en no dejar ninguna arruga ni por esa parte ni por ninguna otra. Pero ¡ojo!, vuelvo a recordar que no puede haber ningún atisbo de ironía ni de segundas intenciones porque el efecto, entonces, sería el contrario.


El elogio siempre ha de ser sincero y entusiasta pero sin sobreactuar (los niños lo captan al vuelo). Si además, con tacto y discrección, lo comentamos con otro adulto en un momento en el que los niños nos puedan escuchar, el impacto que tendrá en ellos será mucho más potente. Por ejemplo, cuando veamos a nuestra pareja, podemos decirle “Me he llevado un alegrón enorme cuando he visto que esta mañana Lucía se ha hecho la cama” o “no sabes qué dibujo ha hecho Pedro, lleno de colores, me ha encantado”.


Si cada día intentamos utilizar esta estrategia con nuestros hijos, aunque sea una sola vez, iremos viendo cómo su actitud y su autoestima mejoran considerablemente.




lunes, 4 de junio de 2012

¿NIÑOS INTELIGENTES?

Hace unos días me comentaba una de mis mejores amigas que nota que su hijo, un niño de 6 años muy espabilado, a veces se comporta de forma un tanto sabionda con otros niños de su alrededor y le preocupa que ello pueda generar rechazo en los demás niños. Me decía que, por ejemplo, asiste a una actividad extraescolar donde claramente lleva la delantera del grupo y que, en ocasiones, evidencia su superioridad en la materia provocando cierta molestia en los otros.



La verdad es que todos deseamos que nuestros hijos sean listos pero, ¿qué sucede cuando “se pasan de listos”, es decir, cuando sus capacidades -ya sea dentro o fuera de la sobredotación- están por encima de la media de su entorno y ellos, conscientes de esa circunstancia, se sienten mejores que los demás?. ¿Cómo ayudarles a vivir su capacidad de forma positiva sin que ello le genere dificultades a nivel social?

  • Comprenderles: los niños muy inteligentes se sienten diferentes y ello puede hacerles sentir incomprendidos y solos. Es preciso entender que su comportamiento a veces extraño, puede deberse a este sentimiento de incomprensión.

  • Valorar lo positivo: es un error no valorarles “para que no se lo crean”. Ellos, lejos de “creérselo” ya saben que son muy inteligentes y como todos, para ser felices y tener una buena autoestima, necesitan sentirse aceptados y valorados.

  • Afrontar con naturalidad sus logros y fracasos: a veces caemos en transmitirles sorpresa e incluso decepción, cuando no logran algo y decimos cosas del tipo “pero con lo bien que se te da ¿cómo no sabes hacerlo?”, lo cual les hace sentir incompetentes y fracasados.

  • Enseñarles a descubrir sus talentos y sus limitaciones, en sí mismos y en los demás: todos tenemos nuestros puntos fuertes y débiles y necesitamos aceptar unos y otros como parte de la vida. Enseñarles que los demás también tienen cosas buenas o pueden destacar en ciertos aspectos les ayuda a vivir con sencillez su capacidad.

  • Fomentar que vivan su capacidad como servicio a los otros: cuando vean que un niño no sabe algo, en lugar de ridiculizarlo o alardear, pueden enseñarle cómo se hace o ayudarle a que lo aprenda. Ello les hace sentir valiosos porque su capacidad sirve para que otro se sienta mejor, lo cual es una riquísima fuente de crecimiento personal y lejos de fomentar rechazo, favorece la aceptación por parte de los otros.

¿Tenéis vosotros alguna experiencia de este tipo con vuestros hijos?

lunes, 24 de octubre de 2011

IDEAS PARA AYUDAR A CRECER FELICES: FOMENTANDO EL APEGO

Tal y como comentábamos en la entrada anterior, vamos hoy a tratar de exponer ideas que puedan fomentar y fortalecer un apego seguro en nuestros hijos. Recordando lo dicho la vez pasada, el apego es ese lazo afectivo que conecta al hijo con la madre o cuidador primario y que se establece a partir de las respuestas que da la madre a las necesidades tanto físicas como emocionales del bebé. Este apego, cuando se ha establecido de forma segura, es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con los demás y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá.

Ideas para fomentar un apego seguro con el bebé:

  • Establece todo el contacto físico que sea posible: el sentido del tacto es un potente regulador del estrés y transmite afecto y seguridad. Recuerda, el bebé necesita sentirse seguro para crecer feliz y la mejor manera de transmitir seguridad es a través del contacto físico. Puede ser tenerlo en brazos, sentado en tu regazo, darle un masaje, jugar a revolcarse, hacerle cosquillas (siempre que le agrade) etc.
  • Responde a las necesidades del bebé, tanto físicas como emocionales, de manera sensible y rápida. Si tiene hambre, aliméntalo; si está cansado, duérmelo; si necesita consuelo, confórtalo. Al contrario de lo que se suele creer, un bebé / niño “aprende” a esperar cuando desde el principio ha visto sus necesidades cubiertas; eso le hace tener la confianza en que antes o después llegará la respuesta a su necesidad y por lo tanto, “aprenderá” a tolerar la espera.
  • Permanece disponible para él todo el tiempo que puedas (nota para evitar malas interpretaciones: no dice “todo el tiempo que tengas” sino “todo el tiempo que puedas”): el apego es una relación de afecto y confianza por lo tanto, cuanto más tiempo invirtamos en esa relación, más afecto transmitamos y más motivos demos para la confianza, mejor será el apego. Los niños, en esta primera infancia, necesitan mucha atención; nos guste o no, es así. Estar con ellos, disponibles física y emocionalmente, es fundamental para fomentar un apego seguro.
  • Haz cosas que le gusten: el disfrute compartido es un seguro para la creación de un vínculo estable. Para empezar, tírate al suelo con él. El suelo es el espacio natural de los niños en esta etapa de 0 a 3 años (cuanto más estén en el suelo, mejor podrán estar sentados en la silla cuando sean más grandes). Jugar juntos, ir al parque, leer cuentos, hacer aserrín-aserrán o cucú-tras, son algunas propuestas.
  • Interactúa con tu bebé tanto como puedas: el hecho de que no pueda comunicarse verbalmente no significa que no necesite comunicación. Háblale, léele cuentos aún cuando no los entienda, cántale canciones, hazle “éste fue a por leña...”, jugad frente al espejo etc. Aplaude todo intento de respuesta de tu bebé, es el primer paso para la comunicación verbal.
  • Sintoniza con las emociones de tu bebé: cuando tu bebé esté enfadado, molesto, frustrado... ¡no le juzgues! Limítate a empatizar con su emoción. Aunque parezca que no entiendan, se produce una conexión entre su cerebro emocional y el tuyo y el hecho de sentirse en sintonía le ayudará a recuperar el bienestar. "Veo que estás muy enfadado.  Algo ha debido de pasar para que te sientas así".  Busca en tu experiencia alguna situación que te haya hecho sentir rabia, frustración, enojo... y será más fácil comprenderle.
  • Sé filtro regulador de tu bebé (esta expresión fabulosa, la tomo prestada, de nuevo, de José Luis): es decir, frente a su desbordamiento emocional, dale estabilidad y contención. Los abrazos son maravillosos, porque ponen límites a su malestar y le ayudan a recuperar su equilibrio emocional. A veces, frente a las rabietas de nuestros hijos, los padres respondemos con otra rabieta. Mantengamos el autocontrol, recordemos que los adultos somos nosotros y pensemos que cuanta más serenidad mostremos, mejor ayudaremos a nuestro hijo y antes acabará el episodio.
  • Pon palabras a lo que siente y vive: el bebé no sabe discriminar sus emociones ni interpretar lo que sucede tanto dentro como fuera de sí mismo. Se siente mal y llora. Ofrécele tú las palabras que organicen su malestar: “¡uyyy!, se te ha caído la torre que llevabas haciendo tanto rato y eso te frustra mucho... Yo también me siento mal cuando no salen las cosas como yo quiero... Vamos a ver cómo podemos solucionarlo”. Puede resultar un tanto rimbombante para un bebé de un año, pero la mejor manera de alimentar su inteligencia emocional es atribuir a cada emoción el término preciso que la describe.
  • Y por último y como conclusión, cuando tu bebé reclame atención, préstasela. Tal vez necesite sólo una mirada o unas palabras tranquilizadoras para saber que estás ahí y así sentirse seguro. Si realmente necesita atención y no se la brindas, la acabará reclamando de otra manera quizá más inadecuada o molesta.

    Todo lo dicho anteriormente, vale también para niños más grandes, adaptándolo, lógicamente, a su edad, madurez e intereses (los juegos de un bebé no son los de un niño de 5 años). Además, para aquellos niños que puedan tener apegos poco seguros (niños con dificultad para aceptar los límites, pobre autocontrol, inseguros, retraídos, desafiantes etc.), recomendaría varias cosas de cara a fortalecer el apego:

  • Jugar a “dejarse caer”: es un juego al que todos hemos jugado alguna vez. Se trata de colocarse detrás del niño, muy cerca de él, y pedirle que se deje caer como si fuera una tabla, asegurándole que le recogeremos. Y, evidentemente, cuando se deje caer, recogerlo. A medida que va ganando confianza, alejarse del niño (avisándole previamente) para que el recorrido sea mayor. Dos o tres minutos al día de este juego tienen resultados asombrosos.
  • Dormir con él: sé que suena, cuando poco, heterodoxo pero las investigaciones muestran que cuando dormimos con alguien liberamos una sustancia en nuestro cerebro que produce apego. De hecho, para niños con problemas de conducta o con algún tipo de carencias, se prescribe como indicación terapéutica. ¡Ojo!: hay personas a quienes esto les desagrada y tampoco hemos de hacer aquello que nos produce rechazo. No hay por qué meterse al niño a la cama o quedarnos en la suya toda la noche si no nos sentimos cómodos haciéndolo, pero siempre se pueden compartir otros momentos de sueño como las siestas, que tal vez sean más aceptables para algunas familias.
  • Ver con él fotos de cuando era pequeño y hablar de esa etapa: también sirve sacar juguetes o ropa de cuando era bebé y expresar las emociones que nos evocan esos recuerdos.
  • Dejarle notitas con mensajes positivos o con dibujos de caras sonrientes o corazones para que las vea al despertar: el dormirse pensando que mamá o papá se tomarán tiempo para hacerle una nota en que le digan cuánto le quieren tiene efectos altamente beneficiosos en su seguridad personal.
  • Hacerle una “pulsera del cariño” (puede ser con hilo, con un lazo, con cintas de colores...): con mucha solemnidad y en un tono de complicidad le decimos que es una pulsera especial que guarda todo el cariño de mamá y que tiene el poder de hacer que se sienta bien. Así, cuando se sienta solo, triste, enfadado... y mamá no esté para ayudarle, puede mirar la pulsera y acordarse de cuánto le quiere mamá y cuánto desea darle un abrazo.

Esto son sólo algunas ideas. Recordemos que el apego es una relación de afecto y confianza y que lo más importante es dedicar tiempo a cultivar esa relación. Si cuando los hijos son pequeños nos tomamos el tiempo para hacerlo, cuando vayan siendo mayores se convertirán en personas equilibradas, colaboradoras, con autocontrol, con una buena autoestima, con competencia social y cognitiva y, sobre todo, capaces de ser felices.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

BEBÉS FELICES, HIJOS FELICES: ¿QUÉ PODEMOS HACER LOS PADRES? EL APEGO.

De regreso de las vacaciones de verano y tras la “vuelta al cole”, retomamos la actividad bloggera hablando de un tema que he nombrado muchas veces pero sobre el que nunca me he detenido a escribir explícitamente. La cuestión de la que nos ocuparemos hoy es el apego, que si bien es algo que nos acompaña durante toda la vida, se establece en los primeros años de vida y condiciona todo el desarrollo posterior de nuestra personalidad y de nuestras capacidades. Es como el cimiento de la casa: cuanto más sólido sea, más resistente y mejor será la construcción que podamos colocar encima. Vaya pues esta entrada dedicada a todas aquellas personas que tienen bebés y me han pedido que escriba sobre ellos, en especial Mónica, Azucena, Paloma... y todos los papás de las escuelas infantiles.

Todos los padres deseamos que nuestros hijos sean felices. Probablemente, profundizando en la cuestión, nos encontremos con que por “felices” entendemos niños (y adultos) que sean emocionalmente equilibrados, que estén socialmente adaptados y que tengan un buen desarrollo cognitivo e intelectual.  Pues bien, recientes estudios demuestran que el apego seguro en la infancia lleva a un mayor número de resultados óptimos del desarrollo y es un factor de protección frente a la angustia, el estrés, la ansiedad y la enfermedad no sólo en la edad bebé sino hasta la adultez; hoy por hoy nadie discute que el apego influye en los pensamientos, sentimientos, motivaciones y relaciones interpersonales durante toda la vida. Una investigación de la Universidad de Durham en Carolina del Norte, Estados Unidos, ha encontrado relaciones entre los niveles de afecto materno a los 8 meses con el nivel de angustia a los 34 años. A mayor afecto materno a los 8 meses, menor nivel de angustia a los 34 años. Por otro lado, un estudio llevado a cabo en la UNED pone de manifiesto la relación entre el apego y la respuesta emocional, cognitiva y emocional de los niños (para más información podéis consultar el magnífico blog de José Luis Gonzalo Marrodán).


¿Qué es el apego?

El apego es el lazo afectivo que une al hijo con la madre. Cuando un bebé nace, desconoce absolutamente todo lo que ocurre, tanto a su alrededor como dentro de sí mismo. La madre (o figura sustituta) es quien le va ayudando a interpretar la realidad, a contener su malestar, a ofrecerle respuestas a sus necesidades. Cuando un bebé tiene, por ejemplo, hambre, siente un malestar que le asusta y se lo comunica a su madre de la única manera que sabe: mediante el llanto. La mamá se acerca, le toma en brazos y traduce su malestar: “¡uy, bebé, claro, ya debes de tener hambre!”. Y a continuación le da el pecho o el biberón, lo que tranquiliza y sosiega al pequeño. Cuando este esquema se repite, el bebé va interiorizando que existe un malestar dentro de él que puede ser contenido por los brazos amorosos de su madre y por sus palabras cálidas y tranquilizadoras; malestar que tiene un final y que acaba siendo sustituido por una sensación de bienestar y placidez. Eso le va reportando una imagen de sí mismo como alguien bueno y valioso (su madre cuida de él porque es digno de amor), lo cual hace que se vaya construyendo una buena autoestima, y le hace confiar en su madre (puesto que siempre acude al alivio de su malestar) y en la seguridad que ésta le ofrece.

En el periodo que va de los 0 a los 2 años, el bebé se vive fusionado con su madre. No acaba de tener claro dónde acaba su madre y dónde empieza él mismo; esto es muy evidente cuando se llama a sí mismo por su nombre: “Pepito agua”; “nene pelota”. En algún momento, a partir de los dos años, empieza a sustituir su nombre por el pronombre “yo”. Es entonces cuando comienza su proceso de separación-individuación respecto de su madre (y también cuando empieza a poner en práctica una habilidad hasta entonces sorprendente: la de decir “no”, como ejercicio de confirmar que, efectivamente, es un ser diferente de su mamá). A partir de entonces, aquéllo que había depositado en su madre, comienza a transferirlo a su propia persona: su madre merecía su confianza porque siempre acudía a aliviar su malestar y esa confianza se traslada ahora a la confianza en sí mismo; puede empezar a tener confianza en él para superar problemas y malestares y transformarlos en soluciones y bienestar. Su madre le daba la seguridad de unos brazos amorosos capaces de contenerlo en su angustia; ahora él empieza a sentirse seguro de sí mismo y puede iniciar el camino del autocontrol. Este sentimiento de contención física que le brindan los brazos de su madre, es importantísimo en la interiorización de los límites: el regazo de su madre le hace sentir que dentro de esos límites se siente seguro; más adelante extrapolará esa seguridad a otro tipo de límites que le ponga su mamá o cualquier otra figura de autoridad (padre, abuelos, maestros) por lo que le será natural respetarlos.

Esta conexión hijo-madre es lo que se conoce como apego. Cuando se dan las circunstancias que hemos mencionado (una madre amorosa que responde con sensibilidad a la angustia del bebé, que le conforta en su malestar transformándolo con paciencia y cariño en placidez de manera reiterada y predecible) el bebé desarrolla un apego seguro. Este apego es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con su entorno y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá. Si ha experimentado un apego seguro, tendrá un autoconcepto positivo, confianza en sí mismo y seguridad en su iniciativa y sus capacidades, lo que le abrirá las puertas de una socialización exitosa, puesto que será capaz de trasladar el afecto y la empatía que ha recibido de su madre a la relación con los demás. Además, el apego seguro y las conductas asociadas al mismo (contacto físico, balanceos, acunamiento, postura incorporada, intercambios verbales afectuosos, risas etc.), como consecuencia de la estimulación neurológica recibida a través de las mismas, favorecen un mejor desarrollo cognitivo y un mayor rendimiento escolar.

Sin embargo, no siempre se crea este vínculo de apego seguro con la madre. Cuando el bebé siente malestar (hambre, sueño, angustia, calor, frío, estrés, aburrimiento, soledad...), llora para comunicarse y no obtiene esa respuesta sensible y consoladora por parte de su madre queda muy desconcertado. Si la madre no acude para aliviar su malestar porque cree que llora para manipularla, porque le han dicho que si lo toma en brazos se malacostumbrará, porque todavía no le toca comer, porque..., el bebé va interpretando que no es alguien digno de amor y cuidado, que su malestar es incontenible, que su angustia puede llegar hasta el infinito y que parece que a nadie le importa. Si la madre no desarrolla una respuesta sensible a las necesidades del bebé o si ésta no es consistente (unas veces lo consuela y otras no, unas le da el biberón y otras le hace esperar etc.) el bebé no podrá desarrollar confianza en su madre porque ésta no le brindará la seguridad que necesita, ya que sus respuestas parecen impredecibles para el pequeño. A esto se llama apego inseguro y tiene múltiples variantes (ansioso, evitativo y desorganizado) sobre las que no me extiendo pues existe abundante literatura, tanto en internet como en papel, sobre la materia. Por resumir, diremos que el apego inseguro es aquél que se crea cuando el bebé no ha recibido unos cuidados amorosos y consistentes que le permitan interpretar de manera coherente sus sensaciones y su entorno y confiar en él como un medio amigable y no amenazante. Siguiendo la misma lógica que empleábamos al hablar del apego seguro, cuando un niño desarrolla un apego inseguro con su madre, su autoconcepto y su autoestima serán pobres, su confianza en sí mismo limitada y su seguridad personal escasa por lo que su equilibrio emocional se verá comprometido, sus sociabilidad tendrá ciertas dificultades (bien porque sea un niño excesivamente sumiso, retraído, desafiante o agresivo) y su desarrollo cognitivo no será del todo adecuado.

Después de esto, la conclusión se hace evidente: cuanto más invirtamos en fomentar el apego con nuestros hijos en sus tres primeros años de vida, más estaremos invirtiendo en su felicidad. Su desarrollo emocional, social y cognitivo estará condicionado por el afecto en la primera infancia y la relación primaria que establezca con su madre. En la próxima entrada hablaremos de formas concretas para fomentar el apego seguro en bebés y niños pequeños, así como pautas para fortalecerlo en los más grandes.

martes, 7 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (II)

Como anticipamos en la anterior entrada el éxito del “portarse bien” está estrechamente ligado a las expectativas que tenemos acerca de lo que ello significa y de cómo se las comunicamos a nuestros hijos. Para conseguir que los niños se “porten bien” en un sinfín de situaciones potencialmente complicadas, propongo estas sugerencias:


  • Lo primero que hay que matizar es que, dependiendo de la edad y madurez del niño, la exigencia sobre aquellos aspectos que implican “portarse bien” será muy distinta. No podemos esperar lo mismo de un bebé, un niño de tres años o uno de ocho, así como tampoco podemos esperar que todos nuestros hijos sean iguales o se porten igual que el hijo del vecino, sencillamente porque son diferentes. A cada uno tendremos que exigirle según lo que pueda dar. No se trata de no ponerle límites o no educarlo; se trata de acomodar la exigencia a la madurez de cada cual.
  • Muy relacionado con este punto está la cuestión de las expectativas que tenemos acerca de lo que podemos esperar de nuestros hijos, para adecuarlas a la realidad: si nuestro hijo de tres años es movido e inquieto, pedirle que durante toda la comida en el restaurante esté callado y sin moverse, es casi como pedirle un milagro. Ajustemos nuestras expectativas para no sentirnos permanentemente frustados.
  • Anticipar: los mayores sabemos qué es una sala de espera de un dentista, cuánto dura una comunión o qué vamos a hacer en un supermercado. Los niños no; incluso de una vez a otra se les olvida. Cuando vayamos a realizar alguna actividad particular que requiera que “se porte bien”, expliquémosle cuál va a ser la situación que va a vivir. Por ejemplo: “vamos a ir al dentista y antes de entrar estaremos un rato en un salón, con unos sillones, donde habrá más personas esperando; cuando nos llamen, entramos al dentista”.
  • Explicarles detalladamente lo que esperamos de ellos, es decir, aquellas cosas que queremos que hagan o que no hagan para “portarse bien”. En la medida de lo posible, intentaremos decirles aquello que SÍ tienen que hacer, en lugar de señalarles lo que NO tienen que hacer. Por ejemplo, “quiero que estés sentado junto a mí (o aúpa de mamá) y que camines de mi mano” será mucho más claro para él que “no corras porque ya sabes que aquí hay que portarse bien”. Además podemos introducir elementos para convertir la espera en algo parecido a un juego: “en la sala de espera del dentista tenemos que hablar como si estuviéramos contándonos secretos, para que no se entere nadie” (en lugar de “¡que no griteeees!”).
  • A veces, podemos hacerlos a ellos partícipes para que digan lo que se les ocurre que podemos hacer. Generalmente suelen tener buenas ideas, si les preparamos el terreno; por ejemplo: “en este sitio va a haber gente que quiere estar tranquilita... ¿qué se te ocurre que podemos hacer para no molestarles y que todos estemos a gusto?”. Muy posiblemente diga cosas del tipo “no gritar”, “no correr”, “no jugar”..., a lo que contestaremos efusivamente “¡qué buena idea! Si a alguno de los dos se le olvida lo que tiene que hacer, el otro se lo recuerda, ¿vale?”. Obviamente, cuando llegue el momento de recordarle que no había que gritar, se lo diremos con tacto, sin regañar, como si se hubiera vulnerado un pacto de complicidad entre ambos.
  • Prevenir: cuando un niño está molesto, molesta a los demás. Si le vamos a exponer a una situación que puede ser muy aburrida, lo mejor es prevenir su aburrimiento llevando algún juguete o cuento. “He traído tu muñeco favorito; puedes jugar con él aquí” (y le señalamos un espacio, por ejemplo, el asiento del sillón). Si la espera va a ser larga, tal vez haya que introducir más de un elemento de distracción (cuaderno, pinturas etc.)
  • El hambre y la sed son campos abonados para “portarse mal”. Cuando un niño pequeño está hambriento o sediento no lo expresa igual que un adulto, simplemente se empieza a sentir cada vez más incómodo e incomoda a quienes estén cerca. Si creemos que en el intervalo en el que queremos que se “porte bien” puede tener hambre o sed, podemos meter en el bolso alguna galleta y una botellita de agua.
  • El sueño y el cansancio son los peores enemigos del “portarse bien”. Si podemos evitar exponerlo a una de estas situaciones cuando esté muy cansado, él y nosotros lo agradeceremos. Si resulta inevitable llevarlo, hagámonos a la idea de que no podemos esperar gran cosa de él en este momento, y no nos enfademos ni nos hagamos mala sangre.
  • Una vez finalizada la situación, felicitarle por lo que ha hecho bien, ignorando lo que ha hecho mal: “¡me encanta cómo has estado sentado junto a mí, jugando sin alborotar!, te lo agradezco muchísimo, eres un sol” (y le damos un beso), “seguro que la gente ha estado a gusto y ha pensado que eres muy educado”, “¡qué bien me lo he pasado contándonos secretos!”. Eso le reforzará su autoestima haciéndole sentir que es un niño agradable, capaz de hacer ciertas cosas adecuadamente y le animará a seguir con ese tipo de actitud.
  • Remarcar lo anterior, expresando que todo eso que ha hecho significa “portarse bien”: “¡qué bien te has portado estando sentado tanto rato y hablando bajito!”. A partir de estos comentarios, podrá ir interiorizando lo que quieren decir su padre o su madre cuando hablan de “portarse bien”.


Pensemos que es cuestión de tiempo y madurez; si cuando son pequeños les hacemos estos momentos más llevaderos, cuando sean más grandes tendrán recursos para saber “cómo portarse bien” y sabrán que son capaces de afrontar la situación, sintiéndose orgullosos de portarse “como niños mayores” aunque se aburran un poco.

jueves, 2 de junio de 2011

¡PÓRTATE BIEN! (I)

¡La de veces que habremos dicho esto...! Se me ocurren bastantes situaciones con visos potenciales de que acaben “como el rosario de la aurora” en cuanto a comportamiento infantil se refiere. La sala de espera del médico, la comunión de la prima, una reunión con la tutora, la compra en el súper, una comida en un restaurante, una visita y un largo etcétera. Creo que todos sabemos lo frustrante que es que el niño dé la nota y monte el numerito en el momento más inoportuno. Además, parece que nada de lo que hagamos en ese momento arregla las cosas sino que, antes bien, las empeora: ordenarle al niño lo que tiene que hacer, decirle con enfado lo mal que se está portando, pedirle por favor que se comporte, reprocharle que actúa como un bebé, amenazarle con la pérdida de no-sé-cuántos privilegios... El repertorio de recursos para ver si el niño se enmienda tiende a infinito y el resultado de que mejore su comportamiento, a cero.

Definitivamente algo hay que no funciona en lo que a “portarse bien” se refiere porque los niños entienden una cosa y los padres otra bien diferente. Cuando nosotros a nuestros hijos les decimos que “hay que portarse bien” tenemos muy claro en nuestra cabeza qué implica eso: estar callados y quietos, saludar cuando lleguemos, despedirnos cuando nos vayamos, no gritar, no correr, ser amables, no hacer rabietas, decir por favor y gracias, no interrumpir a los mayores, no tirarse por el suelo, no tocar las cosas... Sin embargo, los niños no acaban de saber a qué nos referimos los mayores cuando hablamos de “portarse bien”; ellos se portan, sencillamente, como niños, sin capacidad para discernir que la iglesia no es el parque o la sala de espera del dentista no es su casa. Algunas veces, les castigamos o reñimos a posteriori porque “no se han portado bien” en tal o cual situación y para colmo de males, en algunas ocasiones en las que han estado intratables, les preguntamos “¿cómo crees que te has portado?” y contestan convencidos “¡muy bien, mamá!”.

Hemos de tener en cuenta que dentro del concepto “portarse bien” se engloban comportamientos muy diferentes, a veces, incluso, contrapuestos. No es lo mismo “portarse bien” en el parque, en el cole, en casa, en casa de un amiguito, en el médico, en el mercado, en la iglesia, en un restaurante... Por ejemplo, es probable que en la consulta del médico el niño se tenga que desnudar, y requeriremos que “se porte bien” y se deje desvestir sin protestar, pero desnudarse en otro lugar, digamos el súper, no está igual de bien visto... Desde luego, si se le ocurre lucir sus encantos en plena calle no le aplaudiríamos precisamente por “portarse bien”, cosa que sí haríamos tras su colaboración en el médico. Conclusión que saca el niño: desnudarse... ¿está bien o mal? Lo mismo se puede decir de trepar por los juegos del parque o por los muebles del salón de la tía Rita o el delicado equilibrio entre “estar calladito” y “contestar cuando te hablen”.

Después de lo dicho, resulta fácil entender que esos “pórtate bien” o “¡qué mal te has portado!” resultan tremendamente confusos para nuestros hijos, que no saben exactamente a qué nos referimos cuando los proferimos con tono enérgico y a menudo enojado. Les resuenan ambiguos, desconcertantes y les generan inseguridad pues un comportamiento que un día y en un lugar son adecuados, encienden la ira materna o paterna si las circunstancias cambian. La solución pasa entonces por definir qué conductas concretas conlleva cada “pórtate bien” según el momento y el lugar.

A veces, a los mayores, se nos olvida que los niños son pequeños y no entienden el por qué de las cosas, no saben calcular el tiempo, no comprenden lo que sucede, se aburren... Generalmente un niño pequeño no se “porta mal” porque quiera fastidiar a su madre o a su padre, sino simplemente porque no puede “portarse bien”: la situación le supera, el aburrimiento le reconcome y no tiene la madurez suficiente como para controlar su malestar y esperar pacientemente quieto y callado hasta nueva orden. Somos nosotros, como adultos, quienes tenemos que comprender con inteligencia qué le puede pasar, cómo prevenir su malestar y cómo manejarlo en caso de aparición, sin reprocharle ni castigarle por comportarse, sencillamente, como un niño de su edad.

Me gustaría subrayar que, cuando vayamos a exponer a nuestro hijo a una situación que prevemos que para él va a ser difícil de sobrellevar y queremos que se “porte bien”, pensemos que él no ha pedido encontrarse en esa circunstancia sino que somos los adultos los que le llevamos y los que esperamos de él una serie de actitudes y comportamientos. Actuemos, pues, como adultos, entendiendo que ellos son niños y necesitan nuestra ayuda para crecer.

En la próxima entrada, hablaremos sobre estrategias prácticas para ayudar a los niños a “portarse bien”.


martes, 24 de mayo de 2011

¿CUALIDADES O DEFECTOS?


Cuando dos mamás (o papás) se encuentran en lugares como el parque o la salida del cole no es improbable que acaben hablando de niños. Desde que los hijos llegan a nuestras vidas ocupan nuestro pensamiento, nuestro tiempo y muchas de nuestras conversaciones. Pero, ¿cómo hablamos a otras personas de nuestros propios hijos? Sé que hay quienes “presumen de hijo” relatando los últimos logros llevados a cabo por su pequeño, haciendo sentir a su interlocutor que algo no va bien con relación a su vástago que no está “tan espabilado”. Otras personas, por el contrario, suelen emplear calificativos a veces algo duros para referirse a sus hijos. Expresiones como “es un cabezota”, “es un testarudo”, “tiene mucho genio”, “siempre está en su mundo”, “no para quieto”, “es lento para lo que quiere”, “es muy sentido”, “qué pesado es”... pueden ser frecuentes en algunas conversaciones.




Hoy me gustaría proponer el dar la vuelta a estos calificativos que colocamos a nuestros hijos. Me explico: Si yo digo que mi hijo es un niño con mucha determinación, que lucha por lo que cree que es justo, que tiene las ideas claras y que no se deja llevar, seguramente quien me escuche piense que es una maravilla tener un hijo así. Si digo, en cambio, que mi hijo es un testarudo, que siempre quiere salirse con la suya, que no se le puede hacer cambiar de opinión y con el que siempre acaban haciéndose las cosas por las malas, la opinión será muy diferente (“¡pobre madre! ¡la que le ha caído!”). Lo curioso es que podemos estar hablando del mismo niño de dos maneras muy distintas; tan distintas que parece que hablamos de dos niños diametralmente opuestos. En el primero de los casos nos estamos focalizando en sus características vistas en positivo, como virtudes; en el segundo, como defectos. Cómo hablemos de él a otros hará que nos fijemos en sus características en positivo o en negativo, que lo veamos como alguien bueno y valioso o como una carga agotadora, que le ayudemos a desarrollarse como persona dando lo mejor de sí mismo o que frenemos sus potencialidades. Y eso por no hablar de su autoestima y de cómo le repercute escuchar sobre él un tipo de comentario u otro. La opinión que tenemos de él y cómo hablamos de él a otras personas son dos extremos que se retroalimentan: la opinión que tengo de mi hijo repercute directamente en la manera que hablo de él y viceversa. Cuando hablemos de nuestros hijos no echemos piedras sobre su pequeña persona (ya se encargará la vida de echárselas); no se trata de alardear de nada ni de atribuirle virtudes que no tiene. Se trata de intentar ver sus propias características no como defectos sino como virtudes.



He aquí algunos ejemplos de cómo ver como virtudes lo que a menudo percibimos como defectos.  Son sólo ejemplos y cada padre o madre, que es quien mejor conoce a su hijo, habrá de buscar el que mejor le encaje:
  • En lugar de “cabezota”, podemos emplear “determinado”, “con las ideas muy claras”, “que no se deja convencer fácilmente”.
  • En lugar de “pesado”, podemos emplear “perseverante”, “tenaz”, “constante”.
  • En lugar de “lento”, podemos emplear “se toma su tiempo”, “no se estresa”, “no pierde la calma”, “va a su ritmo sin dejarse agobiar”.
  • En lugar de “siempre está en su mundo”, podemos emplear “tiene mucha capacidad de concentración”, “posee un mundo interior muy rico”, “tiene una gran fantasía”.
  • En lugar de “sentido”, podemos emplear “tiene una gran sensibilidad”, “experimenta una gran intensidad emocional”.
  • En lugar de “no para quieto”, podemos emplear “activo”, “necesita mucha actividad”, “no deja pasar el tiempo sin hacer nada”.
  • En lugar de “tiene mucho genio”, podemos emplear “no se deja avasallar fácilmente”, “sabe cómo defenderse él y sus intereses”.

Estos calificativos (tenaz, perseverante, determinado, activo, sensible, imaginativo etc.) son, sin duda, positivos y no creo equivocarme si digo que muchos los desearíamos para nuestros hijos. Busquemos en los hijos lo que tienen de positivo y tengamos presente que lo que hoy puede ser una dificultad para la crianza, mañana puede ser una valiosa herramienta para enfrentarse al mundo.




viernes, 20 de mayo de 2011

LAS TRASTADAS DE LOS NIÑOS

 Hace poco, mientras estaba con mis hijas en un parque, fui testigo de la siguiente escena: unos niños jugaban alegremente en unos columpios cuando se presentó una madre bastante alterada y se dirigió a su hijo de tres años diciéndole “¡yo es que te mato!”, “¡casi me muero del susto!”. El que se asustó entonces fue el niño que se puso a llorar mientras su madre se lo llevaba de la mano al tiempo que repetía “¡es que te mato, te mato, vamos vamos, lo que me has hecho pasar...!”.


Lo que había ocurrido es que el niño y la mamá se encontraban en otra zona un tanto distante del parque; la mamá hablaba con otras mamás y el niño se fue a explorar otros ambientes, animado por lo que veía hacer a niños más mayores. Cuando la mamá se dio cuenta se llevó un susto morrocotudo y se puso a buscar por todas partes a su hijo. Es más que comprensible que, cuando le encontrara, estuviera totalmente angustiada y fuera de sí. A cualquiera nos ocurriría y no hace falta que mencione todos los peligros a los que estaba expuesto el chiquillo y la de cantidad de cosas que le podrían haber ocurrido.

Sin embargo, me gustaría reflexionar sobre cómo expresamos nuestra angustia a los hijos. Los niños, y mucho menos de esa edad, no entienden el sentido figurado del lenguaje. Si un niño escucha decir a su madre “yo te mato”, no interpreta que su madre está muy pero que muy enfadada y necesita desahogarse. No. Lo que entiende es que su madre puede llegar, literalmente, a matarle, a acabar con su vida. Si escuchan “casi me muero” no interpreta que su madre se ha llevado un susto grandísimo preocupada por la de cosas horribles que le podían haber pasado. Lo que entiende es que su madre ha estado a punto de pasar a mejor vida. Y además, por su culpa. Todo esto, que puede parecer un tanto exagerado, si se da reiteradamente, puede tener repercusiones en el apego que el niño establece con su madre (y por extensión con los demás). Genera una ambivalencia en su mundo emocional pues la persona a la que más ama y necesita en el mundo, o sea, su mamá, parece que también puede llegar a matarle... ¿Cómo establecer la relación afectiva con ella? ¿Qué tipo de sentimientos nos generaría saber que nos pueden matar? Insisto, sé que parece exagerado, pero los niños no entienden los dobles sentidos del lenguaje, la metáfora, la ironía... por eso, entre otras cosas no entienden los chistes. Ellos entienden la literalidad de lo que escuchan. (Cuando dominen el lenguaje literalmente, hacia los seis años, podrán ir entendiendo los dobles sentidos).

Por otro lado, paradójicamente, no es infrecuente que cuando los niños de tres o cuatro años se enfadan con los padres y dicen “tonto, ya no te quiero”... ¡somos los adultos quienes parecemos no entender lo que le pasa al niño y a veces nos lo tomamos al pie de la letra!

Volviendo al tema, ¿qué podríamos haber dicho y hecho si fuéramos esa mamá?

  • Para empezar, entender que aunque el niño ya tiene conocimiento como para saber que si se quiere ir a otro sitio diferente ha de pedir permiso, es muy pequeño como para que se le pueda olvidar y se deje llevar por su impulso de explorar nuevos territorios. La supervisión, y la responsabilidad de que no le pase nada es, en último término de la madre. No obstante, todos sabemos que por mucho que vigilemos a nuestros hijos, tendrán el don de la oportunidad para hacer la trastada en esa décima de segundo que miramos para otro lado. Eso nos va a dar mucha rabia, pero no podemos pasarles a ellos la factura.
  • Cuando encontremos al niño, antes que nada, abrazarlo para transmitirle la alegría de haberlo encontrado sano y salvo y la seguridad de que no le va a pasar nada.
  • Manifestarle al niño lo que sentimos; podemos hacerlo de manera vehemente -no es necesario mostrar una flema británica- pero sin gritar ni perder los papeles: “estaba muy preocupada porque no sabía dónde estabas; pensé que te había pillado un coche o te había ocurrido algo malo”.
  • Expresarle lo que queremos que suceda en otras ocasiones para que no se repitan situaciones como ésta: “cuando quieras ir a otro sitio, siempre siempre tienes que pedir permiso a mamá. Estoy segura de que la próxima vez no se te va a olvidar”.
  • No seguir hablando del tema todo el camino hasta casa; probablemente, habrá captado el mensaje.
  • Si además lo hacemos de manera discreta, fortaleceremos la complicidad con nuestro hijo. No es necesario que todo el parque se entere de lo que ha ocurrido, pues genera mucho malestar en el niño. A nadie nos gusta que vapuleen pública y vivazmente nuestras equivocaciones.


Tenemos todo el derecho del mundo a estar enfadados, furiosos, molestos, angustiados, rabiosos... con nuestros hijos y sus trastadas, pero mostremos nuestro malestar de manera que no les atemoricemos para que el apego, en definitiva, el equilibrio emocional de nuestro hijo, no salga perjudicado.

miércoles, 27 de abril de 2011

LA INICIATIVA DE LOS NIÑOS

Hoy quiero compartir un cuento que he recibido acerca de cuánto podemos influir los adultos en la capacidad de iniciativa, la creatividad, el desarrollo de la personalidad y la confianza en sí mismos de los niños (que luego serán jóvenes y luego adultos).  El cuento habla por sí mismo:



Había una vez un niño que comenzó a ir a la escuela. Una mañana la maestra dijo: “Hoy vamos a hacer un dibujo”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño. Le gustaba mucho dibujar de todo: vacas, tigres, leones, barcos. Sacó su caja de lápices y empezó a dibujar, pero la maestra le interrumpió: “¡Esperen! Todavía no he dicho lo que vamos a dibujar. Hoy vamos a dibujar flores”. “¡Qué bien!”, pensó el niño. Le gustaba hacer flores, y comenzó a hacer algunas muy bellas con sus lápices violetas, naranjas y azules.
Pero la maestra intervino de nuevo: “¡Esperen un momento! Yo les enseñaré cómo se dibujan las flores”. Y tomando una tiza, pintó una flor roja con tallo verde. “Ahora”, añadió la maestra, “pueden comenzar”. El niño miró la flor de la pizarra y la comparó con las que él había pintado. Le gustaban más las suyas, pero guardó silencio. Volteó la hoja y dibujó una flor roja con un tallo verde.
Otro día la maestra dijo: “¡Hoy vamos a modelar con plastilina!”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño. Le gustaba la plastilina y podía hacer muchas cosas con ella: víboras hombres de nieve, ratones, carros, camiones. Empezó a estirar y amasar su bola de plastilina, pero al momento, la maestra interrumpió: “¡Esperen, aún no es tiempo de comenzar! Vamos a hacer un plato”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño. Le gustaba modelar platos y empezó a hacerlos de todas formas y tamaños. Entonces la maestra le detuvo de nuevo: “¡Esperen, yo les enseñaré cómo!”. Y les mostró cómo hacer un plato hondo. El pequeño miró el plato que había hecho la maestra, y luego los que él había modelado. Le gustaban más los suyos pero no dijo nada. Sólo moldeó otra vez la plastilina e hizo un plato hondo, como la maestra había indicado.
Muy pronto el pequeño aprendió a esperar a que le dijeran qué y cómo debía trabajar, y a hacer cosas iguales a las de la maestra. No volvió a hacer nada por sí solo.
Pasó el tiempo, y el niño y su familia se mudaron a otra ciudad, donde el pequeño tuvo que ir a otra escuela. El primer día de clase, la maestra dijo: “Hoy vamos a hacer un dibujo”. “¡Qué bien!”, pensó el pequeño, y esperó a que la maestra le dijera lo que había que hacer, pero ella no dijo nada. Sólo caminaba por el aula, mirando lo que hacían los niños. Cuando llegó a su lado le preguntó: “¿No quieres hacer un dibujo?”. “Sí”, contestó el pequeño, “pero ¿qué hay que hacer?”. “Puedes hacer lo que tú quieras”, dijo la maestra. “¿Con cualquier color?”, preguntó él. “¡Con cualquier color!”, le respondió la maestra. “Si todos hicieran el mismo dibujo y usaran los mismo colores, “¡cómo sabría yo lo que hizo cada cuál!”, añadió. El niño no contestó nada, y bajando la cabeza dibujó una flor roja con un tallo verde.