lunes, 13 de febrero de 2012

LAS RESPONSABILIDADES DE LOS HIJOS

Hace unos días atendía a una madre preocupada, entre otras cosas, por la falta de responsabilidad de su hija preadolescente ante los estudios.  Olvidaba apuntar las tareas, no traía los materiales a casa, decía que había terminado los deberes cuando no los había hecho, no entregaba los trabajos y un largo etcétera.  Después de hablar de algunos otros factores, le pregunté acerca de cuáles eran las responsabilidades de la niña en casa. 

–        ¿En casa? - me preguntó sorprendida.
–    En casa, sí, me refiero  a cuáles son sus obligaciones “domésticas”... -aclaré.
–      Su única obligación es estudiar!- respondió- ¡Está liberada de todo con tal de que estudie!

Más allá de evaluar aspectos neuropsicológicos y emocionales que pueden estar en el origen de su falta de responsabilidad en los estudios, me gustaría centrarme hoy en las obligaciones de los hijos.

Nuestra tarea como padres es la de preparar a los hijos para desenvolverse en la vida de una manera lo más equilibrada, madura y feliz posible.  Y eso, inevitablemente, pasa por ser personas responsables.  Nuestros hijos gozan, en términos generales, de amplios márgenes de libertad dentro de unos límites de seguridad y contención que los padres tenemos que brindarles.  Pero la otra cara de la moneda de la libertad es la responsabilidad.  Nuestros hijos son parte de una familia en la que nada cae del cielo: desde el dinero que entra en casa para comer, estudiar, ir al cine o tener una wii, hasta la ropa que llega lavada y planchada al armario, todo se realiza con el esfuerzo y la responsabilidad de alguien -normalmente los padres-.  En medio de este contexto, los hijos necesitan tener responsabilidades sobre sus hombros para tener los pies en el suelo (evidentemente, el peso de la responsabilidad dependerá de la edad, madurez y capacidad del crío).    Hace poco, una niña de 8 años me decía que para qué iba a hacer ella la cama si a su casa iba una señora y se la hacía.  Poco importa aquí si se trata de una empleada de hogar o de su propia madre.  La cuestión es que la niña no se siente en la responsabilidad de  hacer algo que otra persona hace por ella.  Más allá del debate de qué edad es la apropiada para que un niño haga su cama –o cualquier otra cosa-, el tema de fondo es cómo cultivar la responsabilidad en los hijos.

No es sino hasta la adolescencia que nuestros hijos empiezan a tener una conciencia moral que les permite reflexionar sobre sus propios actos.  Me explico: un niño de dos años, recogerá sus juguetes (a su manera) porque es lo que le agrada a mamá; uno de diez, lo hará porque se lo manda mamá; uno de quince lo hará porque considerará que es su responsabilidad.  Pero para que pueda llegar a la adolescencia despertándose en él esta moral autónoma y florecer una actitud responsable y madura, es necesario que desde niños hayamos cultivado este sentido de la responsabilidad.

¿Qué tareas pueden ser exigidas a los hijos?

La respuesta variará dependiendo de un sinfín de factores como la edad y madurez de los hijos o la organización familiar, pero señalemos aquí algunas:

–        Hacer la cama, recoger su ropa (o llevarla a lavar), ordenar sus cosas.
–        Poner y / o quitar la mesa.
–        Llevar su plato a la cocina, al fregadero o al lavaplatos.
–        Dar de comer al perro.
–        Ayudar a tender o destender.
–        Sacar los platos del lavaplatos.
–        Limpiar el lavabo (o el baño entero).
–        Repartir la ropa planchada.
–        Comprar el pan.
–        Bajar la basura.


¿Cómo se hace?

Si a nuestro hijo nunca le hemos exigido determinadas tareas domésticas, no podemos ponerle todas de golpe; habrá que ir poco a poco.  Empezar con sus cosas: su cama, su ropa, sus libros, su plato.  Una vez conseguido que sea responsable en sus cosas, implicarle en cosas que son de todos.  En cuanto a los pasos concretos, vamos a aportar algunas ideas:

–        Sentarnos con él en un clima lo más amable posible -no de reproche sino de complicidad- y decirle que papá y mamá, además de trabajar fuera de casa, cuando llegamos a casa tenemos que poner la lavadora, hacer la cena, planchar, limpiar y necesitamos su ayuda (en general todos respondemos bien cuando nos piden ayuda y peor cuando nos imponen algo de manera unilateral).
–        Exponerle aquella tarea o tareas que queremos que haga a partir de ahora: “Necesito que, a partir de mañana, te hagas tu cama todos los días”.  NOTA: al principio lo mejor será poner tareas que tenga que hacer cuando nosotros podamos estar presentes.
–        Decirle cuándo y cómo esperamos que lo haga y, si es pertinente, abrir un debate con él al respecto: “Creo que lo mejor es que la hagas nada más levantarte.  ¿Qué opinas tú?”.
–        Cada día y durante un tiempo prudencial, cuando tenga que llevar a cabo su nueva responsabilidad, recordárselo: “Buenos días, mi amor, te recuerdo que necesito que hagas tu cama nada más levantarte”.  Será preciso estar “encima” unos cuantos días hasta que lo interiorice.  Mantener la calma y utilizar estrategias no violentas de comunicación: “la cama” (sin más).
–        Cuando lleve a cabo su tarea, no corregir los errores detrás de él ni reprocharle que no lo ha hecho bien sino hacerle ver que valoramos el que lo haya realizado.
–        Si no lo hace, no hacerlo nosotros por él.  Si podemos, hacernos presentes y decirles que estamos esperando a que lo haga: “estoy esperando a que hagas tu cama, tal y como habíamos quedado”.
–        Para aquellas cosas que no ha hecho nunca, será necesario que le enseñemos a hacerlas (para nosotros puede parecer obvio cómo se hace una cama, cómo se tiende la ropa o cómo se pone la mesa, pero para un niño no lo es)
–        Es evidente que muchas tareas al principio nos darán más trabajo del que nos quitarán porque no sabrán hacerlas, tardarán mucho tiempo, lo harán regular...  Paciencia.  Si les hacemos ver que valoramos su esfuerzo y su contribución a la causa familiar irán mejorando poco a poco.
–        Para aquellos niños más difíciles o aquellas tareas que les cuesten más, se puede condicionar el disfrute de algo (paga, wii, cromos, TV...) al cumplimiento de sus obligaciones.  Según la madurez del niño se puede hacer en el mismo día o diferido al cumplimiento de sus responsabilidades a lo largo de una semana.
–        Suele resultar muy útil realizar un cuadrante en el que se recojan las tareas de todos los miembros de la familia, y colocarlo en un lugar visible (la cocina, por ejemplo).  Eso ayuda a ver que todos somos responsables de la marcha de la casa, todos tenemos obligaciones que cumplir y todos pueden confrontarnos nuestra falta de colaboración.  Institucionalizar un momento en el que se pueda ir comprobando la realización de las tareas de todos y cada uno en la familia, puede suponer un aliciente para que todos se sientan llamados a ser cada vez más responsables.

Las responsabilidades nos ayudan a ser responsables.  “Liberar” de obligaciones a nuestros hijos “para que estudien” no les hace más responsables sino menos.  Exigirles su participación en determinadas cuestiones domésticas no les quita tiempo de estudiar, les ayuda a organizarse. 

Espero que estas sencillas ideas os hayan resultado de utilidad.  ¿Cuál es vuestra experiencia con las responsabilidades de los hijos?

martes, 24 de enero de 2012

DIFICULTADES DE APRENDIZAJE II

En la anterior entrada hablábamos de cuál es la estructura de nuestro cerebro, de cómo es necesario que los pisos de abajo (tronco del encéfalo y sistema límbico) se encuentren maduros para poder realizar aprendizajes y de cómo rellenar las lagunas en su desarrollo a partir de la terapia de integración de reflejos primarios.

Hoy quiero dar un paso más y centrarme en todo el desarrollo neuromotor y lateral.

No sé si alguno tiene experiencia de haber estado en un país extranjero, en el que la comunicación tanto oral como escrita resulta imposible, teniendo que llegar con el coche a un destino desconocido. Uno pide explicaciones y, por más que los lugareños se empeñan en darlas con todo lujo de detalles, seguimos igual de desorientados. Nos da igual que nos digan “gire la tercera a la derecha” que “siga todo recto y coja la segunda salida de la rotonda”: por más que nos esforcemos no entendemos nada y podemos estar dando vueltas por la ciudad sin llegar a nuestra meta. Algo así sucede en los niños que presentan problemas de lateralidad. Veamos por qué.

Nuestro centro de gravedad

Por mucho que los mapas los pintemos con el polo norte hacia arriba, lo cierto es que en el espacio no existe arriba y abajo. Todos los conceptos espaciales se referencian a nosotros mismos; es decir, arriba, abajo, izquierda, derecha, delante, detrás … existen en relación a otra cosa. Así decimos “a la derecha de Pablo”, “encima de la mesa”, “detrás del árbol”. Es más, hablando de izquierda y derecha, siempre hay que tomar en cuenta el punto de vista del hablante que es opuesto al punto de vista de la persona que hay enfrente. Por eso siempre decimos “a mi derecha” o “a tu izquierda”. Este sentido de la orientación se desarrolla a partir de un centro en virtud del cual a lo que está a un lado se le llama “izquierda” y a lo que está al otro se le llama “derecha”. Ese centro es una línea media que recorre nuestro cuerpo y que pasa por nuestra nariz, nuestro ombligo y nuestra pelvis. Viene siendo un eje de simetría que divide el cuerpo en dos mitades laterales. Además, nuestro centro de gravedad nos permite estar “pegados” al suelo, y eso nos aporta los conceptos de arriba y abajo. Es gracias a la gravitación que podemos tener sentido de “centro” para orientarnos en el espacio y el tiempo (hoy, ayer, mañana). Es por esto que a los astronautas en situación de ingravidez les suceden cosas divertidas como no saber si están haciendo el pino o escribir al revés. Han perdido la fuerza de la gravedad, han perdido su sentido de centro, han perdido la orientación espacial. Han perdido su brújula interior.


La gravedad, la lateralidad y el aprendizaje

La lateralidad es precisamente esa brújula interna que nos proporciona nuestro sentido de “centro” y nos permite orientarnos: saber lo que está a un lado, al otro, arriba o abajo. Sería como la brújula que necesitamos para orientarnos en una ciudad extraña o como el GPS que nos llevaría a nuestro destino sin depender de explicaciones incomprensibles.

Este dominio de la gravedad y de nuestro cuerpo en relación con ella, es imprescindible para la realización de aprendizajes escolares. La tarea de leer, por ejemplo, requiere de una lateralidad impecable por varias razones:

  • Primera, porque nuestros ojos se tienen que mover de izquierda a derecha y de arriba abajo. Y si lo hacen de otra manera, es imposible la lectura.
  • Segunda, porque las letras se diferencian a veces, simplemente, en la direccionalidad. ¿Qué me decís de b-d-p-q? ¡¡Son iguales!! Únicamente cambia el lado para el que mira la barriguita o si la patita sube o baja. ¿Y u-n? Una para arriba y otra para abajo. ¿Y s-z? ¿Y a-e? ¿Y A-V? ¿Y M-W? Más allá de insignificantes detalles, básicamente se diferencian en su sentido direccional.
  • Tercera: porque el acto de leer es una tarea muy compleja que requiere de muchos traspasos de información dentro de nuestra cabecita. Me explico: esa línea media que nos divide en dos y a la que antes hacía referencia, llega hasta el medio mismo de nuestra cabeza, auténtico ordenador que “ordena” -permitidme la redundancia- el mundo externo y que organiza la información, los procesos y respuestas dentro de nuestra mente. Nuestro cerebro tiene dos mitades, el hemisferio izquierdo y el derecho. Cada uno tiene sus funciones específicas y para la mayoría de actos necesitamos ponerlos en comunicación y que trabajen coordinadamente. Para leer, la información tiene que pasar del hemisferio derecho al izquierdo y viceversa un montón de veces a través de un puente que conecta ambos hemisferios y que se desarrolla gracias a la lateralidad. Si ésta no está bien establecida, la información se perderá por el camino o llegará deteriorada.

Además, la lateralidad es imprescindible en las matemáticas para entender que 18 no es lo mismo que 81 o que las unidades y las centenas no pueden cambiarse de sitio o que las operaciones, al contrario de lo que sucede con la lecto-escritura, se hacen de derecha a izquierda. También para entender los problemas: qué pasa primero, que pasa después, qué pasa al final. Es imprescindible para entender lo global y lo concreto al mismo tiempo y para comprender las coordenadas espacio-temporales.

Todos, todos, TODOS los aprendizajes escolares requieren de una lateralidad bien establecida y de que el puente que comunica el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo funcione a la perfección. Evidentemente, si tengo que mandar varios cargamentos al otro lado del río, cuanto más ancho, sólido y bien pavimentado sea el puente, más eficiente será el envío: llegará a su destino pronto, bien, sin pérdidas y sin obstaculizar el paso de los camiones que viajan en sentido contrario.

En la próxima entrada hablaremos de los síntomas que puede presentar un niño mal lateralizado, así como del desarrollo de la lateralidad y de los ejercicios que favorecen el desarrollo lateral.  Mientras tanto, espero vuestras preguntas y comentarios.

martes, 17 de enero de 2012

DIFICULTADES DE APRENDIZAJE I

Imaginemos que nuestro cerebro es una biblioteca. Cuando nacemos, nos dejan un edificio entero para que lo acondicionemos, hagamos todas las obras que sean necesarias y dispongamos de todos los recursos para echar a andar una biblioteca. Nos dan tres años. En ese plazo, podemos hacer maravillas. Grandes ventanales, claraboyas, mesas y sillas, estanterías por doquier, rincones de estudio, de consulta, salas para niños... ¡una cafetería! El día que nos traen los libros, cada uno tiene su lugar que hemos estado cuidadosamente preparando. No hay más que agarrarlo y llevarlo a su estante correspondiente, anotándolo en el fichero informático de última generación que nos han instalado. Así, cuando alguien desee consultarlo, lo encontraremos a la mayor brevedad y la persona tendrá un montón de espacios para disfrutar de su lectura y sacar lo mejor de él. Todo está organizado, etiquetado, claramente indicado.

Ahora imaginemos que nos dejan un edificio entero y nos dicen que mañana nos traen varios camiones de libros para que funcione como una biblioteca. ¿Os imagináis el caos? Un edificio sucio, oscuro, sin acondicionar, sin salas preparadas, sin mesas, sillas, sin ventanales... ¡sin estanterías! Tal y como nos dijeron nos descargan camiones y camiones de libros que se van amontonando por el suelo para nuestra desesperación. ¡Imaginaos cómo nos tiemblan las piernas cada vez que viene alguien a pedir un libro! ¿Alguien, de verdad, piensa que esas dos bibliotecas pueden funcionar igual? Evidentemente no. Ya no es que nosotros necesitemos más tiempo para preparar el edificio, o sea, no es que tengamos “otro ritmo”, es que es casi imposible acondicionarlo con miles de libros por medio y la gente entrando y saliendo.

Eso es lo que sucede en las cabecitas de muchos niños que sufren las llamadas “dificultades de aprendizaje” (les cuesta leer, expresarse, redactar, entender el concepto de unidades y decenas, se lían con los días de la semana, los meses del año, los tiempos verbales etc.). Esto resulta muy evidente en los niños que han sufrido abandono, institucionalización, privación, falta de estimulación, etc. durante sus primeros años. Pero muchas veces, en ambientes normalizados y familias normalizadas, preocupadas y ocupadas de sus hijos, se dan algunos cortocircuitos que están en la base de esas dificultades.

Durante esos primeros años de vida, se formatea nuestro disco duro. Nuestra estructura emocional, social y cognitiva se pone en esa primera infancia. Hoy quisiera centrarme en el aspecto cognitivo: cuáles son las bases que nuestro cerebro necesita para aprender (y para salir airosos de los retos escolares) y cómo recuperar esas lagunas.


Una casa de tres pisos

Nuestro cerebro tiene tres pisos superpuestos. El de más abajo, el más primitivo, se llama tronco del encéfalo y lo compartimos con los peces y los reptiles. Regula las funciones de supervivencia (respirar, comer, dormir, atacar, huir) que tienen mucho que ver con lo instintivo. El del medio, el sistema límbico -compartido con otros mamíferos-, es la sede de lo emocional. Por último, el neocórtex o corteza superior, es donde se realizan las funciones de la llamada “inteligencia”: hablar, entender, leer, escribir, operaciones matemáticas, razonamiento lógico, pensamiento abstracto, música, arte, investigación etc.

Siguiendo con la metáfora de la casa, si el piso 1 y el piso 2 no están bien cimentados, está claro que el piso 3 no podrá sostenerse bien. Esos cimientos de los pisos inferiores se ponen en los primeros meses y años de vida a través de la estimulación y el movimiento de los bebés. Aquellos niños que han vivido una serie de privaciones, no pueden tener los pisos 1 y 2 en condiciones de soportar un tercer piso. Así pues, si queremos ayudar a los niños a superar sus dificultades de aprendizaje, los esfuerzos deben ir dirigidos a reforzar los pisos de abajo pues, mientras no pongamos las baldosas que faltan, los conocimientos que lleguen al tercer piso (que es todo lo del cole), se seguirán cayendo al vacío -y por eso, misteriosamente, aprenden algo muy bien y al día siguiente ¡ha desaparecido!-.


¿Por dónde empezar?

Cuando venimos al mundo lo hacemos en unas condiciones de inmadurez y vulnerabilidad nada comparables a otras especies. Debido al tamaño de nuestro cerebro y a la estrecha pelvis de nuestras madres por el hecho de caminar erguidas, nacemos antes de tiempo y necesitamos meses para “acabarnos”. Así que la naturaleza nos ha dado un pack de supervivencia llamado “reflejos primarios”. Estos reflejos, son movimientos involuntarios que generan una serie de reacciones en nuestro cerebro para permitirnos sobrevivir en un mundo en el que no tenemos ni idea de qué hacer. Por ejemplo, el reflejo de Moro, por el cual, cuando el bebé siente una amenaza, alerta a su cuidador mediante el llanto -activando además unos mecanismos fisiológicos de alerta-. O el reflejo tónico asimétrico del cuello que es ése por el que los bebés extienden el brazo y la pierna cuando giran la cabeza -como aún no controlan la respiración, nuestro cuerpo necesita que nuestras vías aéreas, nariz y boca, se encuentren el camino despejado y así, cuando el bebé gira la cabeza, extiende el brazo para no quitarse el aire-. Bueno, pues estos reflejos, a medida que vamos madurando y controlando un poco más el entorno, se hacen innecesarios y van siendo sustituidos por respuestas más maduras.

Y he aquí un gran descubrimiento.  Hay  niños que, por la razón que sea, no han podido llegar a prescindir de esos reflejos primarios y por lo tanto, no han podido desarrollar completamente respuestas más maduras, con la consiguiente falta de maduración de otras regiones cerebrales más sofisticadas. Así nos encontramos con niños que con 7 años presentan vestigios de reflejos que tendrían que haber desaparecido en los primeros meses de vida. Y eso bloquea el desarrollo de los pisos de arriba del cerebro. Diversas investigaciones han establecido las correspondencias entre los reflejos primarios aberrantes y las dificultades de aprendizaje (GODDARD, S.: “Reflejos, aprendizaje y comportamiento”).

Frente a esto, se han puesto en marcha distintas terapias que lo que buscan es “recrear” los estímulos que tiene el bebé y que le permiten madurar esas áreas subcorticales del cerebro e integrar los reflejos, para aplicarlas a niños mayores. Sally Goddard y Peter Blythe lo hacen en Inglaterra, Doman y discípulos en Estados Unidos y Harald Bloomberg en Suecia y otros países de Europa. En mi experiencia, la terapia de integración de reflejos primitivos más eficaz es la Terapia del Movimiento Rítmico de Bloomberg. En diez-veinte minutos de ejercicios sencillos cada día durante unos cuantos meses, se van recorriendo todas las fases del desarrollo y la maduración neurológica para que esos reflejos, aún presentes, no bloqueen el desarrollo de la inteligencia. Tenéis más información en www.reflejosprimitivos.es


Lo dejo aquí por hoy, pero prometo seguir con otros aspectos como la visión, la audición y la lateralidad, que son las bases del aprendizaje. Ofreceré unas ideas teóricas básicas y propuestas terapéuticas sencillas y eficaces para ayudar a nuestros hijos en el formateo de su disco duro y en la superación de sus dificultades de aprendizaje desde la causa misma que los provoca.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

ME ESTÁS ENSEÑANDO CÓMO VIVIR

Mi amiga Ana me envía este fantástico vídeo en el que se nos recuerda lo importante que es nuestro ejemplo para nuestros hijos.  Seamos conscientes de ello o no, con nuestra vida les estamos enseñando a ellos cómo vivir.

Feliz puente.

sábado, 26 de noviembre de 2011

REGRESIONES

Recibo muchas consultas sobre el tema de las regresiones.  Hacerse pipí de nuevo cuando se llevaba un buen tiempo controlando esfínteres, pedir biberón cuando hace años que lo dejó, gatear cuando ya hace meses que andaba, pedir que le vistan o le den de comer cuando es más que autónomo, hablar con lengua de trapo cuando siempre ha hablado bien clarito, jugar un día sí y otro también a ser un bebé...  Hay un sinfín de situaciones que pueden darse y ser consideradas como una regresión y en la mayoría de los casos los padres se muestran desorientados e irritados.

Para poder manejar con éxito las regresiones y que éstas constituyan un episodio lo más llevadero y fugaz posible, es necesario entender por qué se producen.  El camino a la madurez viene siendo como una carretera que hay que pavimentar.  Hay que poner arena, grava, alquitrán...  El desarrollo de nuestros hijos en estos primeros años de vida es tan vertiginoso que a menudo en el pavimento quedan agujeros, vacíos.  Estos agujeros, si no se rellenan, seguirán estando a medida que los niños crecen y antes o después, darán problemas.  Hay que pensar que, igual que un agujero en la carretera puede provocar accidentes y que el tiempo no lo hace desaparecer sino que con el desgaste del tránsito cada vez será más grande y peligroso, sucede igual con aquellas lagunas que sus hijos se han dejado en su rápido crecimiento.  Las regresiones vienen siendo, entonces, la manera en la que nuestros hijos rellenan los huecos que han quedado en ese hacerse mayores.  Todos conocemos adultos que, de pronto, tienen conductas totalmente infantiles e inmaduras.  Algo hay por ahí que no se vivió plenamente en su momento y por eso aparece ahora.  Sin duda es preferible que un niño de 4 años se comporte unos días como un bebé a que lo haga un adulto de 40.

¿Cómo actuar ante las regresiones?  Primero, permitidme que diga lo que, en mi opinión, NO se debe hacer:

-  NO ridiculizar al niño.  Nosotros nos damos cuenta de que es "un paso atrás" pero él no.  Él simplemente expresa algo que necesita; no sabe por qué lo necesita ni es consciente de haber superado una etapa, sencillamente siente la necesidad de hacer algo.  Expresiones del tipo "¡con lo mayor que eres y vas a tomar biberón!", "¡estás hablando como un bebé, te voy a poner un pañal para que seas un bebé de verdad!" etc., lejos de ayudar, le hacen sentir mal y puede acentuar o cronificar el episodio.

-  NO hacerle sentir añoranza de lo maravilloso que era ser un bebé.  Algunos padres aprovechan para expresar lo felices que eran cuando era un bebé y lo tenían todo el día en brazos y le daban biberón y le cambiaban el pañal...; también hablan con él en un lenguaje infantilizado o les cuesta aceptar que su hijo está creciendo.  Esto puede hacerle extrañar un paraíso perdido e instalarse en una suerte de síndrome de Peter Pan en el que no le sea fácil madurar y hacerse mayor.



Expongo a continuación algunas ideas para manejar las regresiones de una manera positiva:

-  Entender por qué ocurren.  Como hemos explicado antes, hacernos conscientes de que, lejos de estar "haciendo el tonto", nuestros hijos están pavimentando bien su madurez y están utilizando estrategias, de manera espontánea, que les permitan crecer sin lagunas.

-  Desdramatizar. No es el fin del mundo que vuelva a tomar biberón por unos días.

-  Mostrar naturalidad.  Ni echarnos las manos a la cabeza ni tratarlo como a un bebé de verdad.  Actuar con la misma naturalidad con la que lo haríamos si eso ocurriera en una etapa anterior de su vida; hacer "la vista gorda".  Cuanto más benevolente seamos con la regresión, antes desaparecerá.

-  Si la regresión dura muchos días, hablar con él.  Tal vez si expresa que necesita ser un bebé de nuevo, le ayudemos a superar el episodio.  "Veo que llevas muchos días jugando a que eres un bebé... ¿es que te gustaría ser un bebé?"  "¿Qué cosas te gustan de los bebés?"  Y dejarlo hablar sin censurarlo ni apresurarnos a decir las ventajas que tiene ser mayor.  Sólo necesita desahogarse y sentirse comprendido; él en realidad desea crecer y hacerse mayor pero hay momentos en los que precisa experimentar que mamá y papá le quieren exactamente igual que cuando era bebé.

-  Dedicarle más tiempo, jugar más con él.  Muchas veces, el extra de atención y cariño hacen que supere el episodio rápidamente.

-  Cuando "regrese al futuro", es decir, cuando cese la conducta regresiva, hacerle ver lo mayor que es, con efusividad pero sin pasarse para que no se sienta inhibido si en otro momento necesita hacer otra regresión: "¡uy, mi niño... que estos días atrás querías biberón y ahora quieres taza de mayor otra vez!  Muy bien, aquí está tu taza".  En caso de duda, es preferible no decir nada y volver a aceptar la nueva situación con naturalidad.

-  Con sutileza, hablar de las ventajas de ser mayor.  Esto ya no tiene que ver directamente con la regresión, sino con ayudarle a entender que crecer significa dejar atrás unas cosas para conquistar otras, lo que asusta y atrae al mismo tiempo, pero que forma parte de la vida.  Ello será, sin duda, una valiosa ayuda para madurar.

Por último, sólo señalar que cuando un episodio regresivo se cronifica o empeora cada vez más, es posible que sea síntoma de algún desajuste y que, en ese caso, haya que pedir ayuda especializada.  Pero eso será sólo en algunos casos muy remotos.  Para los demás, espero haber ofrecido pistas para el abordaje satisfactorio de las regresiones.

lunes, 24 de octubre de 2011

IDEAS PARA AYUDAR A CRECER FELICES: FOMENTANDO EL APEGO

Tal y como comentábamos en la entrada anterior, vamos hoy a tratar de exponer ideas que puedan fomentar y fortalecer un apego seguro en nuestros hijos. Recordando lo dicho la vez pasada, el apego es ese lazo afectivo que conecta al hijo con la madre o cuidador primario y que se establece a partir de las respuestas que da la madre a las necesidades tanto físicas como emocionales del bebé. Este apego, cuando se ha establecido de forma segura, es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con los demás y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá.

Ideas para fomentar un apego seguro con el bebé:

  • Establece todo el contacto físico que sea posible: el sentido del tacto es un potente regulador del estrés y transmite afecto y seguridad. Recuerda, el bebé necesita sentirse seguro para crecer feliz y la mejor manera de transmitir seguridad es a través del contacto físico. Puede ser tenerlo en brazos, sentado en tu regazo, darle un masaje, jugar a revolcarse, hacerle cosquillas (siempre que le agrade) etc.
  • Responde a las necesidades del bebé, tanto físicas como emocionales, de manera sensible y rápida. Si tiene hambre, aliméntalo; si está cansado, duérmelo; si necesita consuelo, confórtalo. Al contrario de lo que se suele creer, un bebé / niño “aprende” a esperar cuando desde el principio ha visto sus necesidades cubiertas; eso le hace tener la confianza en que antes o después llegará la respuesta a su necesidad y por lo tanto, “aprenderá” a tolerar la espera.
  • Permanece disponible para él todo el tiempo que puedas (nota para evitar malas interpretaciones: no dice “todo el tiempo que tengas” sino “todo el tiempo que puedas”): el apego es una relación de afecto y confianza por lo tanto, cuanto más tiempo invirtamos en esa relación, más afecto transmitamos y más motivos demos para la confianza, mejor será el apego. Los niños, en esta primera infancia, necesitan mucha atención; nos guste o no, es así. Estar con ellos, disponibles física y emocionalmente, es fundamental para fomentar un apego seguro.
  • Haz cosas que le gusten: el disfrute compartido es un seguro para la creación de un vínculo estable. Para empezar, tírate al suelo con él. El suelo es el espacio natural de los niños en esta etapa de 0 a 3 años (cuanto más estén en el suelo, mejor podrán estar sentados en la silla cuando sean más grandes). Jugar juntos, ir al parque, leer cuentos, hacer aserrín-aserrán o cucú-tras, son algunas propuestas.
  • Interactúa con tu bebé tanto como puedas: el hecho de que no pueda comunicarse verbalmente no significa que no necesite comunicación. Háblale, léele cuentos aún cuando no los entienda, cántale canciones, hazle “éste fue a por leña...”, jugad frente al espejo etc. Aplaude todo intento de respuesta de tu bebé, es el primer paso para la comunicación verbal.
  • Sintoniza con las emociones de tu bebé: cuando tu bebé esté enfadado, molesto, frustrado... ¡no le juzgues! Limítate a empatizar con su emoción. Aunque parezca que no entiendan, se produce una conexión entre su cerebro emocional y el tuyo y el hecho de sentirse en sintonía le ayudará a recuperar el bienestar. "Veo que estás muy enfadado.  Algo ha debido de pasar para que te sientas así".  Busca en tu experiencia alguna situación que te haya hecho sentir rabia, frustración, enojo... y será más fácil comprenderle.
  • Sé filtro regulador de tu bebé (esta expresión fabulosa, la tomo prestada, de nuevo, de José Luis): es decir, frente a su desbordamiento emocional, dale estabilidad y contención. Los abrazos son maravillosos, porque ponen límites a su malestar y le ayudan a recuperar su equilibrio emocional. A veces, frente a las rabietas de nuestros hijos, los padres respondemos con otra rabieta. Mantengamos el autocontrol, recordemos que los adultos somos nosotros y pensemos que cuanta más serenidad mostremos, mejor ayudaremos a nuestro hijo y antes acabará el episodio.
  • Pon palabras a lo que siente y vive: el bebé no sabe discriminar sus emociones ni interpretar lo que sucede tanto dentro como fuera de sí mismo. Se siente mal y llora. Ofrécele tú las palabras que organicen su malestar: “¡uyyy!, se te ha caído la torre que llevabas haciendo tanto rato y eso te frustra mucho... Yo también me siento mal cuando no salen las cosas como yo quiero... Vamos a ver cómo podemos solucionarlo”. Puede resultar un tanto rimbombante para un bebé de un año, pero la mejor manera de alimentar su inteligencia emocional es atribuir a cada emoción el término preciso que la describe.
  • Y por último y como conclusión, cuando tu bebé reclame atención, préstasela. Tal vez necesite sólo una mirada o unas palabras tranquilizadoras para saber que estás ahí y así sentirse seguro. Si realmente necesita atención y no se la brindas, la acabará reclamando de otra manera quizá más inadecuada o molesta.

    Todo lo dicho anteriormente, vale también para niños más grandes, adaptándolo, lógicamente, a su edad, madurez e intereses (los juegos de un bebé no son los de un niño de 5 años). Además, para aquellos niños que puedan tener apegos poco seguros (niños con dificultad para aceptar los límites, pobre autocontrol, inseguros, retraídos, desafiantes etc.), recomendaría varias cosas de cara a fortalecer el apego:

  • Jugar a “dejarse caer”: es un juego al que todos hemos jugado alguna vez. Se trata de colocarse detrás del niño, muy cerca de él, y pedirle que se deje caer como si fuera una tabla, asegurándole que le recogeremos. Y, evidentemente, cuando se deje caer, recogerlo. A medida que va ganando confianza, alejarse del niño (avisándole previamente) para que el recorrido sea mayor. Dos o tres minutos al día de este juego tienen resultados asombrosos.
  • Dormir con él: sé que suena, cuando poco, heterodoxo pero las investigaciones muestran que cuando dormimos con alguien liberamos una sustancia en nuestro cerebro que produce apego. De hecho, para niños con problemas de conducta o con algún tipo de carencias, se prescribe como indicación terapéutica. ¡Ojo!: hay personas a quienes esto les desagrada y tampoco hemos de hacer aquello que nos produce rechazo. No hay por qué meterse al niño a la cama o quedarnos en la suya toda la noche si no nos sentimos cómodos haciéndolo, pero siempre se pueden compartir otros momentos de sueño como las siestas, que tal vez sean más aceptables para algunas familias.
  • Ver con él fotos de cuando era pequeño y hablar de esa etapa: también sirve sacar juguetes o ropa de cuando era bebé y expresar las emociones que nos evocan esos recuerdos.
  • Dejarle notitas con mensajes positivos o con dibujos de caras sonrientes o corazones para que las vea al despertar: el dormirse pensando que mamá o papá se tomarán tiempo para hacerle una nota en que le digan cuánto le quieren tiene efectos altamente beneficiosos en su seguridad personal.
  • Hacerle una “pulsera del cariño” (puede ser con hilo, con un lazo, con cintas de colores...): con mucha solemnidad y en un tono de complicidad le decimos que es una pulsera especial que guarda todo el cariño de mamá y que tiene el poder de hacer que se sienta bien. Así, cuando se sienta solo, triste, enfadado... y mamá no esté para ayudarle, puede mirar la pulsera y acordarse de cuánto le quiere mamá y cuánto desea darle un abrazo.

Esto son sólo algunas ideas. Recordemos que el apego es una relación de afecto y confianza y que lo más importante es dedicar tiempo a cultivar esa relación. Si cuando los hijos son pequeños nos tomamos el tiempo para hacerlo, cuando vayan siendo mayores se convertirán en personas equilibradas, colaboradoras, con autocontrol, con una buena autoestima, con competencia social y cognitiva y, sobre todo, capaces de ser felices.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

BEBÉS FELICES, HIJOS FELICES: ¿QUÉ PODEMOS HACER LOS PADRES? EL APEGO.

De regreso de las vacaciones de verano y tras la “vuelta al cole”, retomamos la actividad bloggera hablando de un tema que he nombrado muchas veces pero sobre el que nunca me he detenido a escribir explícitamente. La cuestión de la que nos ocuparemos hoy es el apego, que si bien es algo que nos acompaña durante toda la vida, se establece en los primeros años de vida y condiciona todo el desarrollo posterior de nuestra personalidad y de nuestras capacidades. Es como el cimiento de la casa: cuanto más sólido sea, más resistente y mejor será la construcción que podamos colocar encima. Vaya pues esta entrada dedicada a todas aquellas personas que tienen bebés y me han pedido que escriba sobre ellos, en especial Mónica, Azucena, Paloma... y todos los papás de las escuelas infantiles.

Todos los padres deseamos que nuestros hijos sean felices. Probablemente, profundizando en la cuestión, nos encontremos con que por “felices” entendemos niños (y adultos) que sean emocionalmente equilibrados, que estén socialmente adaptados y que tengan un buen desarrollo cognitivo e intelectual.  Pues bien, recientes estudios demuestran que el apego seguro en la infancia lleva a un mayor número de resultados óptimos del desarrollo y es un factor de protección frente a la angustia, el estrés, la ansiedad y la enfermedad no sólo en la edad bebé sino hasta la adultez; hoy por hoy nadie discute que el apego influye en los pensamientos, sentimientos, motivaciones y relaciones interpersonales durante toda la vida. Una investigación de la Universidad de Durham en Carolina del Norte, Estados Unidos, ha encontrado relaciones entre los niveles de afecto materno a los 8 meses con el nivel de angustia a los 34 años. A mayor afecto materno a los 8 meses, menor nivel de angustia a los 34 años. Por otro lado, un estudio llevado a cabo en la UNED pone de manifiesto la relación entre el apego y la respuesta emocional, cognitiva y emocional de los niños (para más información podéis consultar el magnífico blog de José Luis Gonzalo Marrodán).


¿Qué es el apego?

El apego es el lazo afectivo que une al hijo con la madre. Cuando un bebé nace, desconoce absolutamente todo lo que ocurre, tanto a su alrededor como dentro de sí mismo. La madre (o figura sustituta) es quien le va ayudando a interpretar la realidad, a contener su malestar, a ofrecerle respuestas a sus necesidades. Cuando un bebé tiene, por ejemplo, hambre, siente un malestar que le asusta y se lo comunica a su madre de la única manera que sabe: mediante el llanto. La mamá se acerca, le toma en brazos y traduce su malestar: “¡uy, bebé, claro, ya debes de tener hambre!”. Y a continuación le da el pecho o el biberón, lo que tranquiliza y sosiega al pequeño. Cuando este esquema se repite, el bebé va interiorizando que existe un malestar dentro de él que puede ser contenido por los brazos amorosos de su madre y por sus palabras cálidas y tranquilizadoras; malestar que tiene un final y que acaba siendo sustituido por una sensación de bienestar y placidez. Eso le va reportando una imagen de sí mismo como alguien bueno y valioso (su madre cuida de él porque es digno de amor), lo cual hace que se vaya construyendo una buena autoestima, y le hace confiar en su madre (puesto que siempre acude al alivio de su malestar) y en la seguridad que ésta le ofrece.

En el periodo que va de los 0 a los 2 años, el bebé se vive fusionado con su madre. No acaba de tener claro dónde acaba su madre y dónde empieza él mismo; esto es muy evidente cuando se llama a sí mismo por su nombre: “Pepito agua”; “nene pelota”. En algún momento, a partir de los dos años, empieza a sustituir su nombre por el pronombre “yo”. Es entonces cuando comienza su proceso de separación-individuación respecto de su madre (y también cuando empieza a poner en práctica una habilidad hasta entonces sorprendente: la de decir “no”, como ejercicio de confirmar que, efectivamente, es un ser diferente de su mamá). A partir de entonces, aquéllo que había depositado en su madre, comienza a transferirlo a su propia persona: su madre merecía su confianza porque siempre acudía a aliviar su malestar y esa confianza se traslada ahora a la confianza en sí mismo; puede empezar a tener confianza en él para superar problemas y malestares y transformarlos en soluciones y bienestar. Su madre le daba la seguridad de unos brazos amorosos capaces de contenerlo en su angustia; ahora él empieza a sentirse seguro de sí mismo y puede iniciar el camino del autocontrol. Este sentimiento de contención física que le brindan los brazos de su madre, es importantísimo en la interiorización de los límites: el regazo de su madre le hace sentir que dentro de esos límites se siente seguro; más adelante extrapolará esa seguridad a otro tipo de límites que le ponga su mamá o cualquier otra figura de autoridad (padre, abuelos, maestros) por lo que le será natural respetarlos.

Esta conexión hijo-madre es lo que se conoce como apego. Cuando se dan las circunstancias que hemos mencionado (una madre amorosa que responde con sensibilidad a la angustia del bebé, que le conforta en su malestar transformándolo con paciencia y cariño en placidez de manera reiterada y predecible) el bebé desarrolla un apego seguro. Este apego es el cimiento de su persona: su equilibrio emocional, su capacidad para relacionarse con su entorno y su desarrollo cognitivo se sostendrán sobre esta relación inicial entre él y su mamá. Si ha experimentado un apego seguro, tendrá un autoconcepto positivo, confianza en sí mismo y seguridad en su iniciativa y sus capacidades, lo que le abrirá las puertas de una socialización exitosa, puesto que será capaz de trasladar el afecto y la empatía que ha recibido de su madre a la relación con los demás. Además, el apego seguro y las conductas asociadas al mismo (contacto físico, balanceos, acunamiento, postura incorporada, intercambios verbales afectuosos, risas etc.), como consecuencia de la estimulación neurológica recibida a través de las mismas, favorecen un mejor desarrollo cognitivo y un mayor rendimiento escolar.

Sin embargo, no siempre se crea este vínculo de apego seguro con la madre. Cuando el bebé siente malestar (hambre, sueño, angustia, calor, frío, estrés, aburrimiento, soledad...), llora para comunicarse y no obtiene esa respuesta sensible y consoladora por parte de su madre queda muy desconcertado. Si la madre no acude para aliviar su malestar porque cree que llora para manipularla, porque le han dicho que si lo toma en brazos se malacostumbrará, porque todavía no le toca comer, porque..., el bebé va interpretando que no es alguien digno de amor y cuidado, que su malestar es incontenible, que su angustia puede llegar hasta el infinito y que parece que a nadie le importa. Si la madre no desarrolla una respuesta sensible a las necesidades del bebé o si ésta no es consistente (unas veces lo consuela y otras no, unas le da el biberón y otras le hace esperar etc.) el bebé no podrá desarrollar confianza en su madre porque ésta no le brindará la seguridad que necesita, ya que sus respuestas parecen impredecibles para el pequeño. A esto se llama apego inseguro y tiene múltiples variantes (ansioso, evitativo y desorganizado) sobre las que no me extiendo pues existe abundante literatura, tanto en internet como en papel, sobre la materia. Por resumir, diremos que el apego inseguro es aquél que se crea cuando el bebé no ha recibido unos cuidados amorosos y consistentes que le permitan interpretar de manera coherente sus sensaciones y su entorno y confiar en él como un medio amigable y no amenazante. Siguiendo la misma lógica que empleábamos al hablar del apego seguro, cuando un niño desarrolla un apego inseguro con su madre, su autoconcepto y su autoestima serán pobres, su confianza en sí mismo limitada y su seguridad personal escasa por lo que su equilibrio emocional se verá comprometido, sus sociabilidad tendrá ciertas dificultades (bien porque sea un niño excesivamente sumiso, retraído, desafiante o agresivo) y su desarrollo cognitivo no será del todo adecuado.

Después de esto, la conclusión se hace evidente: cuanto más invirtamos en fomentar el apego con nuestros hijos en sus tres primeros años de vida, más estaremos invirtiendo en su felicidad. Su desarrollo emocional, social y cognitivo estará condicionado por el afecto en la primera infancia y la relación primaria que establezca con su madre. En la próxima entrada hablaremos de formas concretas para fomentar el apego seguro en bebés y niños pequeños, así como pautas para fortalecerlo en los más grandes.